Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Joker capta perfectamente el espíritu de deliciosos filmes de Scorsese como Taxi Driver o El rey de la comedia pero bajo mi punto de vista, sus alcances se encuentran más cerca de David Foster Wallace, Chuck Palahniuck o Thomas Pynchon que de las películas previamente citadas. Porque es un lúcido y corrosivo reflejo de la perversión travestida de bondad actual. De hecho, Todd Philips deja claro esta realidad desde las primeras escenas: los niños y adolescentes no se ríen con los payasos sino que los golpean y le roban su escaso dinero, las carcajadas de los bufones son angustiosas y no carnavalescas, los alcaldes y gobernadores de las ciudades están podridos hasta las patas de corrupción, los médicos carecen de empatía y son parecidos a jueces, las víctimas son consideradas culpables y los culpables pasan por ser víctimas, los centros psiquiátricos son cárceles de terror y los ídolos del espectáculo lo son porque desprecian a las masas. Lo que da lugar y explica no sólo el surgimiento de un Joker sino su transformación en héroe. En un sangriento icono que reina sobre una sociedad sin referentes. Ejemplo claro de esa transvaloración de los valores nietzscheana que da paso al superhombre. A las bestias de fuego que asesinan y aman con idéntica facilidad e imponen su yugo sin sentimiento alguno sobre un mundo en el que los buenos son ahorcados y sacrificados sin piedad y los malvados poseen el poder.
El guión de Joker tiene ciertos defectos y sinsentidos. Algunos detalles no encajan. Pero en el fondo, no importa demasiado. Porque la película es una experiencia. Joaquin Phoenix está loco. Es un loco. Está ido. Y destroza la pantalla como si fuera el espejo de Alicia. Atraviesa el tiempo y rasga el velo de Maya profundizando en un carismático personaje que, volviendo a la lógica de la perversión, obliga irremediablemente a girar la óptica desde la que se leían los cómics de Batman. A considerarlo a él -a tono con los tiempos actuales- el verdadero superhéroe y al nocturno murciélago el villano de la función. Una locura dionisíaca y sin sentido que, al fin y al cabo, resume nuestra era a la perfección. El denigrante y diabólico vacío apocalíptico. Shalam
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