Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Resulta difícil definir a Currie. Yo creo que es un artista de segunda mano. Es decir; no es un músico extremadamente original sino más bien, alguien que es capaz de realizar obras de arte de mucho interés (a veces extraordinario) con los grandes hallazgos realizados por otros. Es un hombre, por tanto, que sigue huellas. Un lector de revistas y fanzines criado en una familia muy culta que, desde el principio, escribía casi mejor que los articulistas a los que seguía. Puedo imaginarlo perfectamente contemplando fascinado de joven un videoclip de Kraftkwerk y, a la mañana siguiente, interpretando delante de su grupo de amigos una canción bella y nocturna inspirada en las melodías de los autómatas alemanes. Abriendo grietas artísticas en medio de días grises. Transformando poemas de Oscar Wilde en otoñales sonetos pop y fragmentos de novelas de Dickens en nocturnas odas rockeras.
Currie es un artista que, como uno de sus grandes mentores, David Bowie, ha reinterpretado una infinidad de estilos y ha jugado a ser múltiples personajes. Cuando comenzó, sus canciones encajaban perfectamente en el pop británico de la época. Eran una mezcla entre las odas bucólicas de Nick Drake, las epopeyas sentimentales de The Smiths y las instantáneas pop de Serge Gaingsbourg. Eran carne de bar de Manchester. Un delicioso caramelo arty que seducía estéticamente a jóvenes excéntricos y solitarios y mezclaba el intimismo con la épica nocturna equilibradamente. Por lo que es normal que un sello como Creation se encargara de darlas a conocer. Pero con el tiempo, hizo algunos discos llenos de composiciones y melodías que recordaban a los Pet Shop Boys de Instrospective. Probó con el cabaret, el folk y el pop mutante y hasta le hizo guiños al burlesque y la canción infantil. Y, finalmente, se ha transformado él mismo en una obra de arte. Un sardónico, lúcido y corrosivo intérprete que recuerda al loco del Tarot de Marsella y a esos lúcidos ancianos que, entre trago y trago de alcohol, pronuncian profecías sobre el triste devenir de los tiempos en el teatro isabelino.
Currie es actualmente un pintor de bocetos. Un músico con tantos referentes en los que apoyarse y que remite a tantos lugares que se pueden pasar varias semanas escuchando sus obras una tras otra sin llegar a agotarlas. Ciertamente, la mayoría de sus discos requiere al menos diez escuchas para ir calando hondo. Son arañas. Tardan en romper barreras, es cierto, pero, eso sí, cuando lo hacen, se pegan profundamente a la piel y resulta muy difícil olvidarlos. Tal vez porque en todos ellos hay un fondo de oscuridad perverso muy sutil que los hace idóneos como banda sonora de estos tiempos decadentes. De hecho, creo que sería ideal pincharlos en medio de una crisis económica; ir hundiéndose lentamente en los océanos mientras los periodistas vociferan excitados y Currie susurra en nuestros oídos con su voz áspera de bufón cualquiera de sus cínicas, nocivas e irónicas canciones sobre desamor, política y destrucción. El tedio y la agonía contemporáneas. Shalam
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