El culto al instinto
Ayer sábado vi a uno de los grupos que más admiro y respeto: The Cult. Lamentablemente no pude asistir horas antes al concierto de Michael Monroe....
Hisaishi es conocido por ser el músico de cabecera de dos cineastas inolvidables: Hayao Miyazaki y Takeshi Kitano. Sus trabajos con ambos directores son casi tan icónicos e indisociables como los realizados por Nino Rota y Dani Elfman para Federico Fellini y Tim Burton. De hecho, el Hisaishi actual no se entiende sin Miyazaki. Puesto que, de no ser por la confianza del fundador del Studio Ghibli, sería un músico destacado y admirado en su país pero probablemente estaría constreñido a círculos minoritarios. No hubiera dado el salto de popularidad que alcanzó gracias al tiempo y dedicación que consagró a componer los primorosos, gozosos y entrañables sonidos de filmes animados del cariz de Nausicaa del Valle del Viento, El castillo en el viento o Mi vecino Tororo.
No obstante, si tuviera que recomendar alguna de sus bandas sonoras elegiría sin dudas la de Hana-bi. El filme maestro de Kitano. Tal vez la más occidentalizada de todas las suyas pero, aun así, tremendamente autóctona. Porque si bien trabaja con la melancolía y la tristeza, con la decadencia y con el abandono, y es casi un trágico testimonio del suicidio -una ilustración de un drama inevitable- se encuentra impregnada de tanto lirismo que entiendo que si algún condenado la escuchara justo antes de pegarse un tiro, moriría con una sonrisa en los labios. Con cierta calidez. Y tal vez no fuera directamente al purgatorio sino que, previo a su desembarco en una zona oscura o desconocida, contemplaría un caballo blanco elevándose entre las montañas de miseria, sorda soledad y egoísmo que lo condujeron a tomar su fatídica decisión. Se suicidaría, sí, pero su suicidio sería bello. Sería poético. Triste pero feliz. Shalam
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