Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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La escena en la que Michael Corleone acaba con Sollozzo y el capitán McCluske en el restaurante Louis de El Bronx es, sin dudas, mi favorita de El padrino. ¿Por qué? Por muchos motivos. Entre otros, porque hasta entonces Michael es el único de los personajes masculinos de la película parecido a cualquiera de nosotros. Eso provoca una rápida identificación con el espectador que produce un alto grado de nerviosismo cuando pasa a cometer su primer asesinato. ¿Seríamos capaces nosotros de hacerlo? ¿Cómo nos sentiríamos cenando en esa mesa junto a nuestras futuras víctimas?
El padrino tiene algo de cine mudo. Los Soprano sin embargo no. El director necesitaría rótulos y rótulos para por ejemplo intentar resumir las conversaciones de Tony con su psiquiatra y su familia. Los Soprano es cine sonoro. No se entiende sin sonido. Sin embargo, El padrino sí. Ahí radica su elegancia. Su frontalidad. En que tanto Rober Duvall como Al Pacino o Marlon Brando lo transmiten todo con sus gestos y rostros. No necesitan hablar para que los comprendamos ni entendamos sus motivaciones. Por eso sé que podría contemplarla en blanco y negro en el cine con una música de piano y unos cuantos carteles y probablemente seguiría vislumbrando sus últimos alcances.
El padrino es un homenaje y al mismo tiempo una emulación del cine de gangsters clásico. Tanto del norteamericano como del europeo y, en concreto, del de Jean Pierre Melville. De hecho, hay secuencias (pienso ahora en aquella en la que Michael y un pastelero velan en la entrada de un hospital porque nadie atente contra su padre), miradas y trajes que remiten directa o indirectamente a El silencio de un hombre. Los Soprano al contrario es la constatación del desorden posmoderno. Es un brindis al caos y a la vulgaridad. Una obra que retrata al gangster de manera no muy distinta al consumidor fofo de pizzas y hamburguesas; como un descerebrado, eso sí, maquiavélico. Alguien primitivo, sí, pero psicológicamente complejo que no respeta ya más códigos de honor que los de la supervivencia y el dinero, cuyo hábitat natural es por tanto el enfado; el enojo. No se siente a gusto si no deja salir el monstruo de tanto en tanto. Por eso tal vez nos damos cuenta de que El padrino es una obra maestra desde el primer instante y no es hasta que han pasado al menos tres temporadas que comprendemos que Los Soprano es un monumento artístico. Porque el filme de Coppola aparenta ser un caro traje de boda italiano y la serie de David Chase un chándal barato de imitación comprado en un mercadillo. De hecho, tiene momentos en la primera temporada en los que podría pasar perfectamente como una estúpida comedia familiar. Algo completamente desechable que con el paso de los minutos se va tornando y revelando como absolutamente perdurable.
Es un tópico decir que El padrino es una visión estilizada de la Mafia; que a los mafiosos les gustaría verse como en El padrino; pero que, en realidad, la mayoría son como los que aparecen en Los Soprano. Supongo que la verdad se encontrará, como en ciertas ocasiones, en el medio.
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