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Memorias de un mánager

Jun 22, 2023 | 2 Comentarios

Hace meses leí Memorias de un mánager, un libro que me impresionó. No tanto por lo que cuenta sino por quién lo cuenta: Carlos Vázquez Tibu, uno de esos señores que las ha visto de todos los colores en el mundo de la música. Un tipo que podría perfectamente protagonizar un biopic dirigido por Scorsese y que tocó ni más ni menos que con Banzai, Ramoncín, Luz Casal (e incluso momentáneamente con Scorpions o Jerry Lee Lewis, entre otros artistas) y que, con el tiempo, se convirtió en uno de los más importantes managers musicales de España. Un tipo que era un lince en los negocios y poseía un sexto sentido que le permitía vislumbrar las posibilidades de éxito de músicos o bien de vuelta de todo o bien desconocidos.

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Si una profesión tiene mala fama en el mundo del rock esa es la de mánager. En la biografía de la mayoría de músicos (caso, por ejemplo, de la de Elvis Presley) suele ser habitual encontrar todo tipo de escabrosas anécdotas relacionadas con esta figura. El inocente acostumbra a ser el músico, cuya sensibilidad e implicación artística le hacen estar al margen de los negocios y de las cuentas económicas y le convierten, por tanto, en carne de cañón de tiburones sin escrúpulos ávidos de dinero y poder.

Por eso es precisamente un privilegio leer Memorias de un mánager. Porque aquí quien habla por una vez no son los músicos ni tampoco los biógrafos o fans de los artistas sino el monstruo, el enemigo, el pirata, el voraz devorador de monedas: el mánager.

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Todo encaja perfectamente al principio del libro. Tibu lo comienza en la cárcel donde se encuentra condenado por apropiación indebida de 220.000 euros de uno de los grupos a los que representaba, El Canto del Loco. Así que todos estamos contentos puesto que la prisión es el lugar donde decenas de músicos soñarían con ver a sus mánagers. El lugar que para muchos es el apropiado para ellos.

Confieso que comencé el libro sin creerme al personaje, sin que Tibu (aunque no tuviera nada en contra) me fuera simpático. Pero ya sea por su capacidad de manipulación y persuasión o porque realmente no es tan fiero el león como lo pintan, al final no sólo acabé disfrutando su narración sino empatizando con un tipo capaz de ganarle una partida de póker al mismísimo Gay Mercader y, en sus años álgidos, de comer caviar con Julio Iglesias en Rusia, poner México patas arriba con los Hombres G y transformar su lugar de trabajo en un efervescente centro de encuentro de decenas de artistas famosos en el que el dinero y los contratos se multiplicaban sin descanso.

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Memorias de un mánager es lo contrario de un libro políticamente correcto. Tibu no lo cuenta todo. De hecho, calla muchas anécdotas de esas que harían brillar las pupilas codiciosas de centenares de periodistas. Pero lo que dice lo dice con absoluta claridad, sin tapujos. Soltando opiniones parecidas a guantazos que retratan (positiva o negativamente) a decenas de personajes con meridiana lucidez.

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En realidad, Memorias de un mánager es también una crónica desenfadada y salvaje de las últimas décadas del rock español. La vorágine de los 80, el desfase de los 90 y la crisis y los innumerables revivals y reecuentros acaecidos en el siglo XXI. Aunque una parte de Memorias es también un apasionado relato sobre el fin de la dictadura y los primeros contactos entre el rock hispanoamericano y los músicos españoles. Porque, debido a los vínculos con el régimen franquista de su familia, Tibu se vio obligado tras la muerte del dictador a viajar a Venezuela donde comenzaría a tocar, girar y experimentaría con el sexo en toda su dimensión. De tal forma que cuando llegaron los 80, tenía ya una experiencia dentro de la música que no dudaría en capitalizar en todos los sentidos: fundaría academias, giraría con todo tipo de incipientes estrellas, aparecería por unos cuantos platós televisivos, tendría sexo a destajo y, finalmente, se transformaría en mánager. Una profesión que nos hace comprender que es tan o más peligrosa y emocionante que la de músico de rock.

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Supongo que muchos se negarán a leer la biografía de Tibu por estar su nombre asociado a bandas como Hombres G, el Canto del loco o La Guardia. Algo que, bajo mi punto de vista, es un error. Tibu era un todoterreno. Tenía un sexto sentido y un olfato sin igual. Vivía de la música y si veía que alguien poseía talento o podía generar dinero se pegaba a él y lo apoyaba y respaldaba. En realidad, el par sexo y drogas estaba garantizado independientemente de que los artistas que representara fueran más o menos babosos, jóvenes, duros o veteranos. De hecho, apenas había diferencias entre rockeros o poperos. Tal vez, eso sí, a los rockeros no les importaba airear sus desfases como si fueran medallas de honor y los poperos tendían a ser más cautos y precavidos, mantener una imagen que saltaba por los aires en cuanto cerraban la puerta de sus camerinos y habitaciones privadas. Por ejemplo, Tibu hace una breve y concisa narración de una fiesta privada en un chalet que se sobreentiende que no tiene nada que envidiar a las de los míticos rockeros de toda la vida.

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Son deliciosas y entrañables las anécdotas que cuenta Tibu tanto de muchos de sus representados como de algunos de los músicos con los que compartió escenarios. A unos cuantos los deja bien y a otros como el betún. Pero todo lo que dice sobre ellos suena interesante, creíble y, en algún caso, sorprendente, como lo que sugiere de Aute. A quien considera casi un tarado, un tipo huraño y egocéntrico, obsesionado por el dinero y la fama que sobredimensionaba hasta el ridículo sus capacidades compositivas y lo amenazaba constantemente porque pensaba que lo estaba estafando.

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A otro que pone de vuelta y media es a Paco Pérez Bryan (el famoso locutor de Radio 3) con quien tuvo que tratar durante la temporada en la que formó parte de grupo de Luz Casal. Y también, claro, a Mago de Oz. A José Mercé, por cierto, lo sitúa en el purgatorio. Como músico, muy bueno y lleno de inspiración pero como persona un tanto descerebrado hasta el punto de no saber vislumbrar con el necesario realismo su posición en la industria musical. Alguien con mucho corazón que vivía a impulsos y se despidió de él con una puñalada en la espalda redactada por su abogado.

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A Javier Álvarez lo trata muy bien. Se percibe que valoraba mucho su talento y sufría por la hipersensibilidad y raigambre autodestructiva del músico madrileño. Algo parecido le ocurre con Manolo Tena, alguien que al menor descuido perdía el contacto con la realidad y con idéntica facilidad componía una canción genial llena de ariscos e incisivos versos en menos de un santiamén. También habla muy bien de Vicente Amigo, un músico tímido con una sensibilidad sin igual que cuando estaba inspirado parecía un ángel. Y creo, por otra parte, que le honra su opinión sobre Javier Gurruchaga. Personaje al que podría haber ametrallado sin consideración pero salva de la quema y, sobre todo, ubica en la perspectiva adecuada. Alguien excéntrico, alejado de las normas sociales, perdido en su mundo y con una creatividad sin igual al que nadie dio voz ni posibilidad de réplica o defensa tras salir en primera plana acusado de un escándalo.

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Son realmente acojonantes sus anécdotas con grupos como las Ketchup y Hombres G. Sobre todo, con las primeras. Unas muchachas que habían llegado al éxito por casualidad y que, una vez instaladas allí, no sabían muy bien qué hacer, a las que sabiamente recomendó exprimir su canción fetiche al máximo y desaparecer para siempre de la escena. De los segundos es más difícil encontrar anécdotas de esas inolvidables porque todos sabemos lo que aquel grupo movía (y continúa moviendo) entre sus fans, pero merece la pena leer cómo Tibu manejó su reencuentro y las negociaciones para llevar a cabo su gira mexicana. Todo un master empresarial.

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Si he de ser sincero, no creo que todo lo que se diga en Memorias de un mánager sea exacto. Exacto no lo creo. Seguro que hay multitud de puntos vacíos e incongruencias. Pero lo que sí puedo afirmar es que el libro es una bomba y deja una sensación de puñetazo verdadero tras leerlo. Sobre todo, lo más interesante es contemplar la otra cara del espejo. Por una vez no son los artistas los que hablan sino quien supuestamente los estafa pero también quien se pelea por ellos, negocia sin horarios y trabaja a destajo para que se conviertan en celebridades y, consiguientemente, máquinas de hacer dinero.

Quien desee un libro donde se glorifique a los músicos no lo encontrará aquí. Aquí se les trata como seres de carne y hueso, demasiado humanos. En realidad, Memorias de un mánager es un alucinante relato sobre el desquiciado negocio musical. Es un desfase. Una raya de cocaína cayendo entre decenas de vivencias y discos superventas. Es un libro valiente que, como no podía ser menos, termina de manera gloriosa. Con el encuentro de Tibu en el módulo diez de Soto del Real con un crepuscular Mario Conde que redactó el recurso gracias al que vovió a pisar la calle sin poder librarse, eso sí, de las miradas recelosas de sus vecinos que lo consideraban un estafador. El tipo malo de una historia en la que los artistas siempre aparecen como santos inocentes frente a la opinión pública. Shalam

البريء هو الذي لا يحتاج لشرح نفسه

Un inocente es quien no necesita explicarse

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…..la luz azul favorece mucho en el escenario…..
    2imagen….horrorosa foto promocional……..
    3imagen….soy carne y soy hueso….soy contrabajista de conservatorio y soy manager a to pasto……..
    4imagen….pero que me estas contando, chaval…soy borde y ya esta
    5imagen….joer, parece que no habia otro….vaya acaparador y versatilidad……
    PD…..https://www.youtube.com/watch?v=ILBTxoIPrf0….luz casal…antes que tu……
    PD2…https://www.youtube.com/watch?v=ne3JoIOV8e4……
    delaney&bonnie….comin´home…..

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  2. Alejandro Hermosilla

    1) Parece un integrante del grupo Blue man group. 2) A mí me encanta esta fotografía. Puro heavy metal. Puro 80s. Puro macarra pero aquí apuntando a cierto glamour lleno de fiereza. 3) Un tipo hecho a sí mismo que a veces se ríe de la vida y otras veces debe soportar que la vida se ría de él. 4) Con ustedes el puto amo de los negocios musicales. 5) Versatilidad. Parece un miembro más del grupo. PD: Me encantan los primeros discos de Luz Casal. Tal vez les haga un avería pronto. Buenísimos estos dos. Deaney Bonnie. No los conocía.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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