El extraño
Peter Hammill es uno de los artistas más minusvalorados que conozco y también de los más geniales y extraños. De los más tímidos y excéntricos. De...
Mbv es una instalación de arte contemporáneo. El ruido cerebral procedente de una sociedad drogada. Más una propuesta que una acción. Más la insinuación de un final que un posible comienzo. Un disco sobre la sociedad cerrada, la angustia y la soledad total. Una obra que dura menos de un hora, aunque podría extenderse por siglos porque niega el tiempo. Lo expande, concentra y lo arroja fuera de sí como si fuera una pompa de jabón o una burbuja. De hecho, los guitarrazos parecen trozos de cristal y las voces, chapoteos de insectos en un acuario sin agua lleno de peces muertos. Y todas las canciones en su conjunto, un réquiem de Occidente. Una enorme masa de aire condensado.
MBV es una aspiradora. La psicosis llevada a su extremo. Una casa tan limpia y hermética que daña. La hélice de un avión estallando en el aire. Un altavoz obstruido del que, después de varios días, emerge sonido. Una obra llena de ruidosas melodías que no existen más que en la cabeza de Kevin Shields. Un disco compuesto en el umbral entre la vida y la muerte que se encuentra en ningún lugar concreto, como un satélite extraviado. De hecho, podría perfectamente haber sido urdido en otro sistema solar o lunar. Ser el semen de algún astronauta perdido o las venas del mayor Tom abriéndose lentamente al ser transportado en una cápsula espacial hacia algún remoto planeta. Shalam
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