Lovecraft y la infancia
La vida suele ser tan caprichosa como seductora. En la novela corta que estoy ya finalizando, aparece como figura central H.P.Lovecraft junto a...
Pero aquel viaje concluyó de manera fortuita cuando varios gavilanes, confundiendo a Aladino con un insecto, lo tomaron en sus picos y, al comprobar que aquello que habían atrapado no era un saltamontes sino un ser humano, lo arrojaron a las tranquilas aguas mediterráneas de las cuales había sido rescatado por un bajel turco y más tarde, conducido a Damasco. Ciudad en la que había sido recibido con abrazos y alegría por sus familiares que lo consideraban perdido. Habían llorado, lamentado su ausencia e incluso habían levantado una tumba en su nombre en la que cada primavera, coincidiendo con la fecha de nacimiento de Aladino, encendían velas en su memoria perfumadas con incienso y jazmín.
Aladino vivió varios años con fortuna y paz en Siria. Vendiendo tapices orientales y elegantes alfombras sobre las que declamaba rezos y profería cánticos dedicados a Alá en hermosas mezquitas, hasta que se vio forzado a viajar de nuevo. Una mañana de diciembre, al acceder al bazar donde trabajaba, había encontrado un cofre del que emergían los cánticos de un ave. Acaso una abubilla o una golondrina. Y, fascinado e intrigado por aquel espectáculo que tenía ante sus ojos y los constantes chillidos que aturdían sus oídos, se propuso averiguar cuál era su contenido. Sin embargo, aunque lo lanzó con todas sus fuerzas contra paredes de hierro e incluso desde angostadas colinas y probó diversas llaves con las que abrir sus cerrojos, no consiguió su objetivo. Por lo que se vio obligado a soportar diariamente los gritos de aquel extraño ave encerrado, cuyo tono no había cambiado a pesar de los esforzados intentos de Aladino por liberarlo.
Fueron transcurriendo las semanas y Aladino pensaba que nunca podría resolver aquel misterio. De hecho, pensó en dejar el cofre en un río y olvidarlo hasta que una mañana, un mercader le recomendó acudir al taller de un mago que nunca cerraba los ojos, solía trabajar de noche, leía el tarot y olía a alcanfor y azufre. Una extraña mezcla de aromas que, al entrar en su sala de trabajo, se hizo más y más intensa, provocando que el pájaro -o cualquier cosa que fuera lo que se hallaba encerrado en el cofre- cesara de piar, como si asustado, supiera que lo estaban observando. Ciertamente, -quien sabe cómo-, el mago logró abrir una rendija en el tiempo y Aladino al fin pudo mirar desde una pequeña abertura que se alzaba como un espejismo ante él, al ser que se encontraba encerrado allí: un muchacho de pelo castaño, ojos verdes y pantalones negros que se hallaba en un patio al aire libre decorado con hermosas celosías donde se encontraban grabados versículos del Coran.
En fin, era tanta la desesperación que transmitía aquel muchacho temeroso de no poder transmitir sus violentos sentimientos con aquel poema leído en voz alta que Aladino, enojado, volvió a intentar destrozar el cofre. Algo que parecía imposible puesto que cada vez que lo intentaba, el escritor hablaba más y más fuerte como si los martillazos estuviesen sonando en el centro de su cabeza.
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