El perro y la carne
Roberto Artl fue un escritor capaz de mezclar la suciedad con la astronomía, el cubismo con la carne y el sexo con la ilustración. Por eso es tal...
Esa es al menos la lectura que yo extraigo del texto de Carrère. Que nos encontramos ante un artista visceral cuyos libros son, ante todo, bombas. Orgasmos en barrios bajos. Metralletas con las que disparar a diestro y siniestro. Que el escritor ruso es un Cristo nihilista. Alguien que podría morir insultando a la humanidad aunque no obstante, la abrazaría con sumo cariño antes de inmolarse junto con ella en un acantilado. Un esteta enamorado de las mujeres que no dudaba en dejarse dar por culo si eso le daba placer o si actuando así, podía sobrevivir. Un hombre instintivo que más que hijo del comunismo y sus traumas, parecía haber surgido de una de las costillas de Dostoievski. Desde luego, no cuesta nada, absolutamente nada, imaginarlo como personaje en Los demonios. Mirando de refilón a Verjovenski y deslizando con suavidad su mano por una pistola cuando éste pronuncia uno de sus ardientes discursos o tomando varios vinos junto a Stavroguin en una taberna desierta en la que encuentra inspiración para componer algún verso, describir algún sombrío aspecto de su alma o justificar un atentado o revolución en alguna de las ex-repúblicas soviéticas o la misma Rusia. Un país cuya historia le persigue allí donde va. De hecho, Limónov es el vivo retrato de su pasado reciente: el fin del comunismo, la etapa Gorbachov, la neoliberal y capitalista y la vuelta a la mirada de la vieja gloria imperial. Por más que, eso sí, al igual que los discos de Replacements o las más rabiosas odas punks, el anárquico escritor sea un personaje que puede estallar por los aires en cualquier instante. Un espectro e ídolo semi divino, héroe revolucionario y combatiente sin piedad capaz de gozar tanto con la lectura de Lenin, Lautremont o Rimbaud como con la de los sabios taoistas. De matar sin piedad a sus enemigos y dar las últimas monedas que le quedan en los bolsillos a una anciana desprotegida. De seducir a los ricos norteamericanos y ser seducido por los militares serbios.
En fin. Sin dudas, son personajes del cariz de Limónov los que apetece conocer. Hombres capaces de hacer de su vida, un mito y acabar con la imagen del escritor funcionario, profesor, maquiavélico, lameculos del poder y aficionado a los concursos. Hombres que están dispuestos a morir por sus ideas y presumo que son capaces de escribir sin corrección. Sin ortografía. Tratando a la literatura como una puta con la que masturbarse y no tanto una reina a la que besar los pies como hacen cientos y cientos de puercos. Lacayos que buscan la aprobación y no imponerse a la vida y al mundo como este abstruso artista cuya actitud muy probablemente habría complacido a Nietzsche.
0 comentarios