Muerte en Venecia
Muerte en Venecia es un viaje a través de la laguna Estigia en compañía de un muerto: Gustav von Aschenbach. Un hombre al que no hace falta que le...
En los cuentos de Borges, Buenos Aires es una enorme biblioteca. Un harén intelectual lleno de entes abstractos, mónadas platónicas que intentan averiguar su identidad. En los textos de Marechal y, sobre todo, en su novela central –Adán Buenosayres– es un gigantesco café lleno de personajes ilustrados y artistas que buscan reconocerse en un destino común. En los textos de Cortázar, es una zona de paso a otros lugares y otros tiempos. Un tablero de güija que pone en contacto órdenes espirituales distintos aunque tan sólo sea por un segundo. En Héctor Murena, la ciudad es símbolo de exilio. Una cárcel metafísica que convierte a sus habitantes en torturados reos edénicos. Y en Mújica Laínez, es un centro renacentista donde resuenan constantemente ecos de la historia argentina. Pero sólo en Arlt, la ciudad hiede. Es una cloaca. Un basural por el que van circulando distintos personajes delirantes y transtornados. Una masa compacta de olores y ruidos disgregados.
Arlt era un artista instintivo. Su escritura formaba parte de su riñón. Brotaba de su esófago. Era una ristra de pensamientos colgados en una tienda de embutidos. Más un pedazo de bistec que un artefacto lingüístico. Más un ladrido de perro que una metáfora de su época.
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