El primer deseo
No soy mucho de fijarme en la publicidad pero me interesa destacar hoy uno de esos escasos anuncios que de tanto en tanto, surgen y me parecen obras...
Durante siglos, -al menos hasta la invención de las armas de fuego- los animales reflejaban la fiereza del alma humana y divina. Eran lo innombrable. La presa a cazar y a batir. La pieza sacrificada que daba vida al grupo. De ellos, de su carne, dependía la supervivencia de muchas tribus. Por lo que, consecuentemente, en muchas culturas, los dioses poseían rasgos animales que les concedían fiereza y explicaban tanto su rabia como su carácter imprevisible. Y no era extraño que los grandes héroes y soldados portaran algún fetiche -diente, cabello o zarpa- procedente de un animal, resaltando su valor y salvajismo en combate más allá de toda racionalidad o explicación.
Sin embargo, contrariamente a su naturaleza ancestral, los animales de Briton Riviére no golpean. No muerden el cuerpo de aquellos a quienes acompañan porque han perdido su fiereza. Mantienen cierto aura temible pero ya son -no importa que sean leones y tigres- animales domésticos. Se encuentran domados. Y, de hecho, la tranquilidad de los humanos que se encuentran ante ellos tiene que ver con esta circunstancia. Con un proceso que se ha completado: la racionalización y control absoluto del mundo animal. La instauración definitiva del mundo apolíneo que la tecnología prometía en un principio de la cual, como preconizaba el romanticismo, terminaron de brotar todo tipo de monstruos.
Lo curioso del caso es que aunque Briton Riviére ha pasado a la historia de la pintura por sus retratos de animales, a mí lo que me llama la atención, al menos en primera instancia, son las figuras humanas que retrata. Las cuales -es cierto- no destacarían tanto de encontrarse solas. Pues entiendo que su pureza, marcialidad, porte y gestos cobran realce y trascendencia junto a las bestias con las que se encuentran fijadas en el lienzo.
Tal y como me ocurre cada vez que escucho un disco de The Sound, cuando enfrento los lienzos de Riviére siento paz. Tal vez por su capacidad de realzar, iluminar (y en algún caso mistificar) las más cotidianas escenas o de conseguir naturalizar tanto lo fantástico como lo clásico. O quién sabe si por el respeto con el que contempla y retrata cualquier actividad y personaje. Pues como ya apunté anteriormente, a pesar de que los más fieros animales aparecen domesticados en sus lienzos, no pierden su «aura» ni su esencia. Al contrario, esta -sea cual sea- es realzada. Porque el artista británico desea que su luminosidad no se pierda entre las luces del progreso industrial. Consiguiendo dotar a sus retratos de una fuerza que trae de vuelta la «potencia» daimónica del animal. Tal vez porque es consciente de que el fin de los dioses-animales representa también el de los hombres-dioses, el ocaso del misterio humano y el progresivo advenimiento del gobierno de las maquinas. Un viaje apocalíptico dominado por la bomba milagrosa. La explosión total que termina con todo rasgo de espontaneidad en los hombres y animales y, consecuentemente, también en la cultura.
En fin, creo que si Riviére no ha perdido su halo seductor es porque sus lienzos encarnaron una de las últimas posibilidades de observar la pureza animal. La bestialidad humana y la humanidad bestial. Ciertos aires de libertad entretejidos aún en los rugidos de las panteras.
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