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La herida

Feb 25, 2022 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo averia dedicado al recientemente fallecido Mark Lanegan. El cual recomiendo leer, escuchando un tema que aparece en Gargoyle: «Nocturne».

La herida

Mark Lanegan era de esos músicos que parecían delincuentes. Generalmente, se acostumbra a decir de algunos artistas que son peligrosos aunque no se suele especificar para quién. Lanegan era, ante todo, peligroso para sí mismo. 

Se lo solía comparar con Nick Cave y Tom Waits. Una comparación que sirve para tener un punto de referencia pero que no creo que sea exacta. En primer lugar, porque Lanegan parecía precisamente salido de una canción de Tom Waits. Más que ser un intérprete de vidas extraviadas, era su protagonista. Muchos de los temas del Waits más borracho y perdido podían servir para reflejar instantes, destellos de la existencia de Lanegan.

Con Tom Waits resulta difícil identificarse. Todos lo admiramos porque es el héroe de los perdedores. Pero con Mark Lanegan resultaba más fácil identificarse. Porque, en cierto modo, era una bala perdida. Alguien -salvando las inmensas distancias- similar a cualquiera de nosotros. Con idénticas miserias.

Por otra parte, creo que Nick Cave tiende a establecer un distanciamiento con aquello que cuenta que no se daba en Lanegan. Cave puede hablar de prisioneros y angustia con elegancia pero Lanegan no porque era tanto un reo como la mismísima angustia. Cave puede cantar sobre el fracaso pero Lanegan encarnaba ese mismo fracaso. Es decir; no cantaba sobre la pérdida sino que él mismo era la pérdida. Un detalle en absoluto pequeño que imbuía a los temas que interpretaba de una tristeza casi desesperada. En otras palabras; Cave es capaz mediante el arte de trascender la tragedia. De poder superar sus traumas. Sin embargo, Lanegan nunca lo conseguía. Aunque lo necesitaba, no lo buscaba. Porque sabía que era imposible escapar del dolor. A sus recuerdos. Y le bastaba con exponer sus miedos.  

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Existe un lado glamouroso en el rock. Pero también otro muy sufrido. Se suele afirmar que muchos deportistas son rocas mentales. Algo que jamás se dice de ningún músico. Sin embargo, entiendo que hay que estar hecho de una pasta especial para soportar las giras, los miles de kilómetros en la carretera, el vacío tras cada actuación. La puta soledad en medio de aeropuertos y ciudades que parecen cárceles. Mark Lanegan nos recordaba que la vida del músico es mucho más triste de lo que se presupone en cuanto se colocaba delante de un micrófono. Cuando cantaba no parecía hacerlo para salvarse sino como quien sabe de antemano que está condenado. Que ya tiene su sitio en el infierno. Lo que lo convertía en alguien parecido a un espectro. Un reo al que le habían concedido la libertad condicional por escasos años.   

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Mark Lanegan parecía un personaje de Dostoievsky. Sus demonios interiores se lo comían. Sus neurosis lo apresaban. Y eso lo convertía en un artista real. Todos teníamos la impresión al escuchar su árida voz que estábamos ante alguien que no fingía. Que podía estar a punto de morir, cagarla o drogarse en cualquier momento. Lanegan podía ser perfectamente un ente fantasmagórico. Un renacido que no se alegraba de haber resucitado sino que sentía jodido de estar de vuelta en este mundo. Así que la tristeza y furia que transmitía nunca eran impostadas. Sus gritos y susurros parecían ser la única vía que tenía de limpiar karma. 

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En realidad, Lanegan dejaba claro cada vez que interpretaba un tema que el rock es una herida. Había canciones en las que parecía que estaba clavándose un puñal lentamente y apretando cada vez más. Algunos de sus discos eran casi suicidios encubiertos. 

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Hace una década pasé un mes en Seattle. Recuerdo perfectamente las conversaciones que tuve en el sencillo albergue donde residí con, entre otras personas, un ex-convicto. Era un tipo muy humano. Se alegraba con franqueza de que hablara con él. Me agradecía cada palabra que cruzábamos. Pocas personas más empáticas he encontrado en mi vida. Durante años, de tanto en tanto, me saludaba en facebook con morriña de nuestro encuentro. Creo que Mark Lanegan era de esa clase de personas. Alguien que agradecía el interés de los demás por su arte pero que, a diferencia de la mayoría, sabía que estaba condenado. Nunca lograría salvarse. Lo que confería a cada una de sus interpretaciones de un digno (y a veces impresionante) aura de autenticidad.

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Mark no necesitaba vestirse de una manera especial para llamar la atención. Su rostro, por ejemplo, era parecido al de un viejo lobo herido. Un antiguo pirata que hubiera cometido actos crueles e inconfesables que se viera obligado a purgar en discos en los que sobresalía por encima de todo la tristeza. Muchos -no importa que Lanegan estuviera acompañado de otro cantante o una banda potente- parecían de hecho conversaciones frontales e íntimas con la muerte. Diálogos con el más allá. Posiblemente porque Mark era, sí, más un bluesman que un rockstar. Alguien que andaba por aquí y por allá (Screaming Trees, The Twilight Singers, Queens of the Stone Age, etc) con sus heridas a cuestas. Con una enorme depresión en forma de demonio aupada en sus espaldas. 

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La voz de Lanegan era oscura. Era la de alguien que vive dentro de una caverna personal. Rodeado de enemigos internos. 

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Hubo ciertos discos de Lanegan que, dentro de los círculos rockeros, fueron vistos con cierta sospecha por su tendencia a la experimentación, haberlos grabado junto a varios artistas indie o incluso haber autorizado remixes de sus temas. Un poco como si a Eddie Vedder le diera por hacer techno o trip hop. Ciertamente, si se observan con la debida distancia, todas esas obras ponen de manfiesto que Mark era un culo inquieto. Alguien desesperado que buscaba constantemente nuevas rutas de expresión.

Siendo sinceros, creo que si los escarceos con las tendencias modernas de Lanegan fueron un tanto incomprendidas se debió, sobre todo, a que sus más leales seguidores sabían que le bastaba con su voz y una guitarra (eléctrica o acústica) para conquistar las más altas cumbres. No necesitaba adornarse. Su mera presencia era suficiente para convertir un disco en una árida pradera, un desierto o un puto western; tal y como, por ejemplo, refleja The Winding Sheet. Ese disco parecido a un caballo libre. A una onda de marihuana callejera.

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Justo cuando me enteré de la muerte de Lanegan, me puse obviamente a escuchar sus dicos y a leer su biografía: Sing Backwards and Weep. La tengo a medias todavía pero, en realidad, confirma mis sospechas. He leído pocos libros de músicos en los que su autor sea tan escasamente complaciente consigo mismo. La mayoría intentan ponerse un poco mejor de lo que probablemente son. Lanegan sin embargo no pierde el tiempo intentando mejorar su imagen. Al contrario, diría que se pone peor de lo que realmente es.

Comienza, por ejemplo, contando sus bajezas (sus andazas como ladrón, los malos tratos de su madre, su afición al porno, sus juicios, sus problemas en la escuela, sus humillaciones, sus problemas con sus novias, la muerte de su tía alcohólica) sin ningún tipo de compasión hacia sí mismo. Exponiéndolas con tanta sinceridad que realmente pienso que, en caso de tener un sentido del humor agudo, las podía haber aprovechado para llevar a cabo un incendiario talk show. Aunque, entiendo que nada estaría más lejos de su intención. Ya que, al fin y al cabo, Lanegan parecía estar pagando un precio demasiado grande por mantenerse en pie. Tan grande que su muerte creo que no ha sorprendido a nadie. Hace tiempo que parecía vivir en el más allá o al menos, sentirse únicamente feliz en aquel lugar, como confirman muchos de sus discos. Un inolvidable ritual de tristeza y soledad. Shalam

الصوت لا معنى له في الظلام

La voz no tiene sentido en la oscuridad

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1ºimagen….una voz especial, trobadora …..subida en un telesilla….no la conocia…..
    2ºimagen….la interjeccion oh. h… h. h con la luz azul de escena……
    3ºimagen…..canto como un pajaro en los campos de maiz (muevo la garganta en los finales)….
    4ºimagen…..realmente soy un tipo afectuoso y comprensivo pero ¿que mas puedo llegar a ver de todos estos?…..
    optare por quedarme quieto……………..
    PD…..https://www.youtube.com/watch?v=t0dsDJFJ1jk……lou…lou…lou….lou…coney island baby…1984…..

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    • Alejandro Hermosilla

      1) El jinete fantasma. Yo lo conocí en un concierto en Barcelona junto a The Twilight Singers. Apareció y fue como si hubiera surgido alguien del más allá. Magnetismo. 2) El hombre lobo. 3) Nocturnos espectros de maíz. 4) Leyendo su autobiografía comprendo mejor el motivo de esta indumentaria. Era un muy buen jugador de Baseball cuando era adolescente. 5) Aquí parece el típico escritor crepuscular que acaba de dejarlo todo en su última novela. PD: Impresionante la mirada de Lou. También la canción. Pero su mirada…. su mirada….

      Responder

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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