Visiones II
Dejo a continuación el segundo avería que dedico a varios de los últimos filmes y documentales que he visto. En este caso, a Midsommar, Lost...
Un artista es alguien que lo que desea lo hace realidad en sus obras. Una máquina de corroer mentes y destruir leyes. Un criminal en potencia que, de no canalizar sus impulsos a través de su medio expresión, debería ser encerrado y por contra, suele ser aplaudido cuando logra plasmar sus malformaciones psíquicas de manera creativa.
Von Trier parece un elfo de Wagner. Un malvado hechicero que guarda con celo el tesoro de lo políticamente incorrecto y se masturba en cada una de sus películas con los miedos, prejuicios y normas que la socialdemocracia impone. En una era, por ejemplo, en la que hay quienes se plantean llevar a la cárcel a los hombres que piropeen a las mujeres y pareciera que masculinidad y toxicidad son palabras sinónimas, se atreve a llegar donde nadie lo hace: realizar un fresco (autoinculpatorio) sobre un asesino misógino que no siente remordimiento alguno con sus crímenes. De hecho, es capaz de justificarlos gracias al inmenso arsenal de negras teorías mortuorias que tiene a su disposición. Al espíritu tanático.
The house the Jack built es una barbaridad. Una obra demacrada. Una llaga cultural. Una oda destructiva tan intensa que no sólo es reivindicación de la filmografía entera del director danés sino una revivificación de sus postulados creativos. Es tanto un corte de mangas a sus detractores como un boca a boca a sus admiradores. Es una película tan coherente y extrema con sus nocturnos postulados que, al terminar de verla, sentí unos deseos inmensos de hallarme en un cine y contemplar sin descanso Europa, El elemento del crimen o Nymphomaniac y tener un intenso orgasmo estético. Porque Von Trier no deja títere con cabeza en The Jack. Mezcla, por ejemplo, con alma de gamberro y una visceralidad y profundidad bíblicas a Thomas de Quincey y David Bowie con La Divina comedia, Fausto y William Blake y al cine negro y las películas de serial killers con los grabados de Gustavo Doré y los lienzos de Delacroix en medio de un filme que es una grandiosa locura. Tanto una inmensa manifestación de megalomanía artística como una reivindicación de las potencias orgiásticas de las que brotan las creaciones. Es, en definitiva, un sangriento lienzo que muestra con absoluta claridad que siempre se puede transgredir un poco más porque, al fin y al cabo, el arte es fruto tanto de los sueños como de las pesadillas de dios y el diablo. El amasijo nauseabundo. Shalam
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