Nelson Rockefeller
Navegando por twitter, me encuentro un post en el que una escuela cinematográfica hace referencia al reciente aniversario de la muerte de Luis...
Luchino Visconti era un nostálgico. Un hombre que miraba desde un castillo un paisaje que lentamente se iba convirtiendo en una autopista llena de ruidos y automóviles y sentía que un ángel moría cuando se construía una gasolinera cerca de una ermita o en la inmediaciones de los jardines de un palacio nobiliario. Y además, era homosexual. Por lo que terminó refugiándose en el arte para huir de una realidad que sentía hostil, un puñal atravesando cada uno de sus tendones, hasta convertirse en uno de los mayores estetas cinematográficos que han existido sino el que más. Un señor que llenó de elegancia la mayoría de los planos que rodó convirtiendo la pantalla en un nocturno de Chopin, una ópera o un crepúsculo eterno. Filmando películas que, aunque estuvieran situadas en el siglo XX, parecían haber sido rodadas en el siglo XIX. Como si un viejo espíritu fuera capaz de adelantarse en el tiempo, vislumbrar lo que ocurriría en el futuro y mostrárselo a sus contemporáneos décadas antes de que ocurrieran los hechos allí expuestos. No tanto con la pretensión de cambiarlos o de curiosear sino con el ánimo de constatar su ocaso. Ser testigos de una decadencia frente a la que, por lo general, los personajes de Viconti reaccionan replegándose en torno a los símbolos de la alta cultura: la historia, su escudo, los grabados, los libros, esculturas, sobrios lienzos, trajes hechos a medida o la música clásica. La visión del mundo como un teatro donde apenas hay risas porque el destino de los nobles siempre ha sido dirigirlo y velar por su conservación. Persistir en su integración y luchar contra cualquier proceso de disolución.
El de Visconti es un cine ajeno a la televisión y casi que a la tecnología. En él tiene más importancia un cenicero, la forma en que se camina o se doblan los pañuelos que el propio drama humano. Un armario y el barnizado de un mueble que el cielo. Más que nada, porque son esos detalles los que explican ese drama. Y casi que también al cielo.
Luchino Viconti obviamente no es el pop. De hecho, más bien sería el miedo al pop. El rock visto como veneno, la moda como arte y el ballet y la ópera como un sueño. El paraíso recobrado en medio de un arenal de vulgaridad. Un bacanal de baqueros rotos y bañadores fuosforescentes. Porque Visconti es todo lo opuesto a la banalización cultural. Es el Antiguo Régimen derrumbándose. La añoranza de una enaguas y un reloj de pulsera. Un cofre lleno de papeles con la palabra Rosebud. La historia de las grandes familias nobiliarias contada a la manera clásica. En medio de incontenibles excesos de romanticismo y leves toques decadentistas y expresionistas. Es una ópera de Wagner suntuosa, mágica y espectacularmente rodada proyectada en medio de una plaza ante la indiferencia general. Una radiografía violenta y precisa de la nobleza y la venganza. La lucha por el poder.
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