Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Averías populares
La broma infinita era un libro parecido a una receta médica que provocaba alucinaciones, fastidio, aburrimiento y exaltación. Era Las palabras y la cosas de la narrativa esquizoide. Creo que porque la novela era la broma en sí misma y no tanto la película del mismo nombre a la que aludía en su interior.
La broma infinita era un intento de arrastrar la ciencia ficción a la alta cultura y de acabar con la literatura a gran escala. Me atrevería a decir que Foster Wallace deseaba transformarnos a todos sus lectores en estudiantes universitarios leyendo en voz alta frases grabadas en una pizarra y así hacernos tomar conciencia de que la cultura de masas se encuentra basada en un eterno proceso de hipnosis y que sin manipulación el mundo moderno se encuentra destinado a quebrarse porque sus fundamentos éticos no existen.
La broma infinita, sí, era un apéndice a la biografía de Agassi. Un racord alargado en el tiempo. Un retrato caleidoscópico del músculo de un dopado. Una exploración sobre aquello que se escondía tras la sonrisa de Sampras, el suicidio de Kurt Cobain y la mamada de Monica Lewinsky a Bill Clinton. Lo que verdaderamente ocultaban esos actos y sobre todo, su publicidad. Un absurdo ritual caníbal en el que el chamán y los cazadores danzaban en torno a un fuego lleno de donuts, Lacasitos y unas cuantas prostitutas de lujo sacadas de una página web.
Foster Wallace consiguió algo realmente difícil: crear el primer disco-libro. Algo parecido a un sampler repleto de variantes continuas que no llegan a ninguna parte. Retratar la era Internet cuando apenas estaba dando sus primeros balbuceos y escribir como si en vez de un ser humano, fuera una computadora simulando hacerlo como Foster Wallace. En cierto modo, hizo realidad el sueño de de Philip K. Dick. Despojó cualquier tipo de sentimiento del ritmo y cadencia de las frases y convirtió cada capítulo en la secuencia de un programa de computación dando vueltas eternas sobre sí mismo.
La broma infinita era una galaxia irreal. Semen extraído de una máquina. Un grito de auxilio en medio de un inmenso centro comercial o una excursión por Disney que nadie osó escuchar. La respuesta de la literatura a los experimentos de Grant Morrison en el cómic. Y, en suma, la prueba de que, como señalaba David Markson, el lector siempre está solo y ni las obras de arte, los espectáculos o los productos de consumo podrán evitar que antes o después muramos. Shalam
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