Bares y carretera
Si tuviera que intentar explicarle a alguien cómo hubiera sido la evolución del rock si, pasada la época psicodélica, hubiera seguido un camino...
Ciertamente, Tiger bay era una obra tan alegre como triste con un ojo puesto en el porvenir y otro en el pasado lleno de melodías de esas que habrían hecho a Ulises amarrarse de pies y manos al mástil de su barco para no volverse loco y perecer ante tanta belleza. Conozco pocos hit singles tan perfectos como «Like a motorway» y entiendo también que escasas canciones sintetizan el verano ibicenco y mediterráneo lleno de sensualidad, dulzura, diversión e impostado flamenco sonando en discotecas como «Pale movie». En cualquier caso, la grandeza del disco radicaba probablemente en la asombrosa y natural manera con la que mezclaba el europop con el folk, el hedonismo y la tristeza, el pop alegre y el melancólico, el techno juguetón y la música campestre; los sesenta y los noventa. Puesto que Tiger Bay no sólo recreaba con dulzura el pasado sino que presentaba todo un mundo por descubrir. Anunciaba la posible música del futuro al tiempo que rendía culto a la de décadas atrás. Y en este sentido, era un especie de eslabón perdido capaz de unir a referencias tan disímiles como Nick Drake y Abba; Bridget St John y Blondie; The Andrew Oldham Orchestra y The KLF.
Lo cierto en cualquier caso es que Tiger bay era una golosina llena de múltiples sabores. La banda sonora perfecta para que dos adolescentes descubrieran el amor durante una excursión escolar y también para que un fan de Los vengadores (la serie de tv de los 60) se reconciliase con el pop de los 90. De hecho, si un seguidor de The mamas & The Papas que hubiera muerto de un cuelgue de heroína en los 60, hubiera resucitado tres décadas después y hubiera mostrado curiosidad por saber cuál era el sonido de la música en los 90, le hubiera puesto sin dudar este disco que creo que resumía perfectamente tanto los problemas como los posibles soluciones ante los que se encontraba el pop a finales de siglo una vez pasada la era de la inocencia. Más que nada porque, repito, Tiger bay era una obra instantánea pero también muy intelectual. Fruto de una profunda meditación sobre la tecnología y el futuro de la canción pop. Y por eso era un lienzo radicalmente contemporáneo lleno de belleza, por así decir, renacentista que si no llega al estatuto de clásico es precisamente por todas las tensiones y fuerzas contrarias que aparecen en él. Algo que, en mi opinión, lo hace aún más interesante y disfrutable; más vivo y bailable. Shalam
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