Perro lunar
Moondog fue uno de los grandes personajes del siglo XX. Un hombre insólito que parecía haber venido al mundo para recordar a la humanidad algo que...
Mellencamp ha pasado por todo tipo de etapas a lo largo de su carrera artística y no ha sido un músico regular. Depresiones, enfermedades y retiros silenciosos han lastrado más de lo que debiera una carrera que, de no ser por algunos tropezones y estos inexplicables bajones, podría ser considerada como sobresaliente. Me atraen mucho sus primeros discos. Esa imagen de joven rebelde y despeinado que deseaba comerse el mundo era profundamente real. Sus composiciones se encontraban repletas de crudeza y salvajismo. En ellas latía el corazón de un muchacho que quería expresar como fuera sus verdades al mundo. Emergía de un rincón arisco y apartado de la geografía norteamericana dispuesto a hacerse un hueco en el mundo del rock o morir en el intento. Amores perdidos, relaciones conflictivas, peleas entre bandas, expulsiones de la escuela.
Hoy lo he estado escuchando varias veces. «No more than ever», «Love and happines», la deliciosa e inolvidable «They’re so tough», la inmarchitable «Whenever we wanted». Todas esas canciones son joyas. Honestas odas de una pureza inalterable que mantienen su impacto y cualidades intactas. Podrían haber sido compuestas anteayer y seguirían introduciéndose en mi piel con la misma suavidad y rudeza. Realmente, creo que este es el mejor disco de Mellemcamp. Aquel en que llegó a su total madurez. Controló sus accesos juveniles llenándolos de sabiduría y contención hasta alcanzar su propio espacio sonoro. Un lugar en el que todos los estilos convergían sobre su personalidad sin necesidad de que él fuera a buscarlos pues se hallaban en su interior y los manejaba con soltura y talento de maestro.
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