Pena máxima
La música de Sr.Chinarro siempre me ha recordado a uno de esos domingos aburridos que de tanto en tanto experimentamos o a la sobria descripción de...
He hablado varias veces de Sergio Pitol y no quiero abusar más. Su literatura es muy difícil pero si uno puede traspasarla, puede encontrar mucha dicha y generosidad en ella como en la personalidad del escritor veracruzano. Mezclar a Jackson con Pitol y ambos con el México eterno que se esconde en las regiones entre ríos y bosques y poblaciones donde sus lugareños conservan sus dialectos y apenas saben hablar el español, fue una gran recompensa. Creo que aquellos momentos, ya lo he dicho, están entre los más felices que viví jamás. Hubiera sido difícil para mí leer por aquel entonces a Thomas Bernhard. De hecho, apenas puedo hablar de ellos y casi que preferiría guardarlos en mi interior. Había días en que extraía miel de panales, otros en que corría casi treinta kilómetros por parajes perdidos, visitaba la piedra del sueño y la de los deseos, mansiones que habían sido diseñadas con la forma de un elefante o la de un caracol, probaba las bebidas más puras salidas del centro de los árboles y oraba en los temazcalis, con la piel ardiendo, junto a muchachos de todas las nacionalidades y algún monje tibetano, mientras Sergio Pitol y Joe Jackson bailaban un vals. O mejor que un vals, sí, danzaban simbólicamente esa serenata de luz atemporal, «Steppin out», que me recuerda que un día yo también tuve mi visión. Y, como algún personaje de Virginia Woolf, fui feliz y sentí que era inmortal al comprender que la muerte no es el ocaso sino únicamente otro estadio más en el camino, tal y como nos han querido sugerir por activa y por pasiva, las obras de arte a lo largo de los tiempos. Shalam
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