El ojo gitano
En sus autorretratos, Salvator Rosa se muestra fiel a su legendaria biografía. Parece, efectivamente, un señor sombrío. Un genio risueño consciente...
Considerar a Coleman únicamente un pintor es un error. En realidad, como creo haber dejado claro, su personalidad es tan interesante como sus creaciones. Coleman no es Kafka. Un ser gris con un mundo interior desbordante. Es un hombre cuya vida ha sido tan extrema como su arte. Basta ver su mansión done tiene un compendio de objetos «maravillosos» que podrían perfectamente pertenecer a un ocultista del siglo XIX. Un grotesco, desmesurado conjunto de antiguallas, animales disecados y piezas de orfebrería que cabrían perfectamente en un museo de la extravagancia y la locura. En uno de aquellos misteriosos gabinetes de curiosidades que se hicieron célebres en siglos pasados.
Siendo, no obstante, la performance un arte instantáneo, es obvio que a Coleman se lo valorará, ante todo, por su pintura. Un arte en el que, sin dejar de escandalizar, ha demostrado ser un maestro. Un artista extremadamente original. Su cuidada y metódica técnica lo acerca, por ejemplo, a los miniaturistas medievales de quienes reconoce sentirse cercano pero también a los maestros del cómic norteamericano. Existen ciertos aspectos además en sus lienzos que hacen rememorar ciertos murales y obras de arte mexicanas y otros que hacen pensar en los barrios llenos de chicanos, negros y emigrantes que hay en algunas ciudades de EUA donde tan fácil es encontrar personas que hagan vudú como músicos ambulantes que toquen la guitarra con la destreza de Robert Johnson y muevan los pies con la soltura de un profesor de Charleston.
En realidad, hay pocos pintores más rockeros que Coleman. Yo, en concreto, observo uno de sus lienzos e, inmediatamente, veo aparecer el tupé moreno y grasiento de Willy Deville entre los frescos colores de la tela y escucho a un bluesman entonando una canción que narra un pacto fáustico o un tema escabroso y excitante de The Cramps.
La obra de Coleman es tan rica que da para varios averías. Pero, en verdad, resulta imposible aludir a ella sin mencionar sus retratos de psycho-killers. La fijación que por estos macabros personajes siente un artista que, como muchos músicos, escritores y cineastas norteamericanos, los considera parte esencial de su cultura. No un desecho sino posiblemente un condimento que la explica y sin la cual no estaría completa. En verdad, creo que para Coleman la enfermedad de estos psicópatas es un pasaporte a la realidad. La aguja que pincha el globo del sueño americano. El puñetazo de verdad que necesita el ciudadano medio de su país para despertar. La excusa perfecta para olvidar el consumo y la ambición.
También, por otro lado, es muy interesante (y seguramente justa) la visión que tiene Coleman de Cristo. Un dios que debía encontrarse cómodo entre los maleantes, ladrones y asesinos pues era considerado una amenaza social. Un peligroso charlatán cuyo objetivo era derrocar a los poderosos al que, obviamente, estos deseaban machacar, destrozar. Razón por la que el artista norteamericano no busca su figura y efigie en las iglesias sino en los barrios de los desamparados. Junto a los drogadictos que se sumergen en las cavernas sociales y los desheredados: la pareja que es desahuciada de su apartamento, el joven que roba un supermercado y el asesino que, desesperado, empuña una pistola en un banco para salvar a su familia de la marginación. Lo plasma, por lo tanto, en medio de ese infierno cotidiano en el que es crucificado diariamente por los demonios de la miseria y el egoísmo. La usura diabólica.
En cualquier caso, Coleman es un personaje tan grande que cualquier análisis racional se queda corto para definirlo tanto a él como a sus creaciones. Es, sin ir más lejos, uno de los pocos artistas que ha reivindicado con orgullo el uso de la heroína en contra de la marihuana y otras drogas mucho más paranoicas. Y es también otro de los escasos creadores que no se avergüenza de sus estallidos de ira en los escenarios a los que considera partes indisociables de su ser y no un pecado de juventud.
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