Preguntas y respuestas (2)
Continúo aquí el avería iniciado ayer sobre algunos de mis entrevistadores favoritos. Categoría que me apetecía destacar porque apenas se habla de...
Hubo alguna época de mi vida en que escuché mucho a Corcobado. En concreto, cuando fui a vivir a México en el año del 2007 e hice de muchas de sus canciones una banda sonora ideal para recorrer las calles del Distrito Federal o algunas de las poblaciones de ese gigantesco país en que su arte es bastante reconocido. Era realmente fascinante caminar entremezclado junto a vendedores ambulantes, recolectores de papel, artistas callejeros y emisarios del apocalipsis, mientras sonaban muchas de las canciones de sus discos. Sobre todo, porque los paisajes mexicanos dotaban de una dimensión más carnal a sus creaciones que se transformaban en medio de mis viajes por Yucatán, Cuernavaca o Chiapas en frutas rebeldes profundamente sentidas. Odas salvajes e indomables que daban testimonio del mundo interior de un artista que cantaba como si fuera un preso que se resistiera a ser encarcelado y prefiriera ser torturado a claudicar de sus verdades y deseos.
Siempre que escucho a Javier Corcobado siento peligro. De hecho, la solemnidad de su tono de voz me suena a advertencia. Es para mí, una especie de descarga de electricidad que me impulsa a vivir. Y de paso me recuerda que la poesía es hija del fracaso y los renegados, los sublevados y los resistentes, se mastica con alcohol, se saborea en los puertos o en las calles sin nombre y además, es patria de los desheredados y desesperados. Puede servir de refugio y alimento para los marginados y convertirse en las migas de pan y el vino de quienes necesitan aliento espiritual.
Es, desde luego, reconfortante ser contemporáneo de este músico cuya insistencia en continuar componiendo sólo es comprensible por lo que indiqué anteriormente. Porque si no pudiera entonar una nueva melodía, moriría. Una circunstancia que hace que sus discos sean un espacio aparte dentro de la música española. Un cruce entre la canción francesa, un vals y un disco de Bauhaus. Entre un tango, una copla y un Lp de The Clash. En esencia, un refugio para inconformistas. Una jaula peligrosa. Y tanto una tortura como una bendición. Pues, ante todo, son una fuerte experiencia. Una navaja artística construida para derribar las barreras de la monotonía. Un lienzo grasiento lleno de furia, heridas sangrientas y violaciones, compuesto por letras que parecen cuchillas de afeitar. Cortan al escucharlas, nos confrontan con los traumas y cabalgan a través del tiempo sometidas por una voz delirante y demente que insiste una y otra vez en chocar contra el muro de la realidad.
Realmente, si me viera forzado a elegir, no sé si podría decidirme por alguno de sus discos en concreto. Su personalidad es tan fuerte y la insistencia con que enfrenta sus fantasmas tan obsesiva que resulta complicado y a veces estéril separar las distintas etapas de su trayectoria. Al fin y al cabo, como los grandes intérpretes, puede encontrarse en ocasiones más inspirado que en otras, pero Javier Corcobado siempre es reconocible. Por lo que no importa que se dedique a rememorar canciones clásicas del pop, experimentar con boleros o lanzarse a tumba abierta por las vías de la electrónica, el rock más aguerrido o la canción de autor. En esencia, siempre nos encontramos con una voz y unos textos absolutamente personales que son la banda sonora perfecta para los expatriados, borrachos y vagabundos. Para los inconformistas, tristes, airados y nostálgicos. Violentas nanas ideales para pasear en días de lluvia y tormenta y somatizar los instintos suicidas. He de reconocer no obstante que mis dos discos favoritos son Arcoiris de lágrimas (1995) y Fotografiando el corazón (2003). Creo que estos dos LPs junto a Editor de sueños (2006) y Ritmo de sangre (1993) son los que acabaría llevándome a una isla desierta. Lugar que, por otra parte, se adapta perfectamente a escuchar estas canciones malditas. Odas semejantes a la ropa interior de una amante, al humo de un cigarrillo o a un extracto de cianuro, ideales para ser cantadas con una camisa abierta y un vaso de ron en la mano.
Vuelvo a insistir en que Javier Corcobado es uno de esos músicos que -al igual que lo han hecho Crimen y castigo u otras grandes obras de arte- ha salvado vidas con su mera presencia. Básicamente, porque ha intentado superar sus propios límites artísticos y humanos y ha transgredido, roto cualquier prohibición en su empeño de mostrar los abismos. Confrontando a sus oyentes con la angustia y el caos y todo aquello que hay más allá del miedo y el dolor. Un logro lo suficientemente significativo como para que sus admiradores sigamos insistiendo en derribar el muro del silencio y liberarnos de los grilletes y cadenas sociales para expresar con rotundidad nuestras verdades al mundo. Shalam
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