Don’t look now
Dejo a continuación un nuevo avería dedicado a Don't look now, el filme de Nicholas Roeg. El cual recomiendo leer escuchando un tema de la banda...
Los hombres en el cine de Erice son como frutos maduros. Guardianes silenciosos que hacen pensar en las novelas de Pío Baroja y los ensayos de Unamuno. En paisajes resecos y fríos donde se come tanto la carne bien hecha como el requesón con cubiertos de madera. Son almas curtidas por los sinsabores, la lucha diaria y las esperanzas perdidas. Cuerpos abatidos en cuyo pecho y manos se esconde la memoria de la raza. De los ancestros. Son una especie de yunques que intentan sostener el mundo, a pesar de que no puedan participar del milagro de la natalidad. El alumbramiento de un nuevo ser. Son dignos a pesar de sus errores. Fuertes a pesar de las vicisitudes de la vida y que no sepan resolver los desafíos de un mundo que los aboca a una prematura despedida. A un doloroso recogimiento. Tal vez incluso a la tragedia. A la nostálgica contemplación del duro paso del tiempo y el amargo poso y sabor del fracaso. El lento adiós.
No obstante, creo que el logro de Erice en El sur fue mayor que lo apuntado. Porque no sólo retrató con letanía, poesía y dignidad a la masculinidad sino que entiendo que supo desarrollar un trasunto temático muy difícil de llevar al cine y que era central en el relato de Adelaida García Morales en que se basaba: qué es lo que un padre es para una niña y qué es lo que desearía que fuera. O mejor aún, qué es lo que no puede ser un padre para una niña y le hubiera gustado ser.
En realidad, El sur es la filmación de una una conversación secreta y sagrada entre un padre y una hija. Entre Agustín y Estrella. Entre los remordimientos de un hombre y los anhelos y esperanzas de una niña. Entre el sinsabor de una existencia llena de fracasos y protagonizada por los remordimientos y el anhelo de volver a empezar y de que la inocencia borre los esquivos besos y abrazos dados en nombre de la carne, la pasión y los celos. Esos engaños y falsas mentiras de los que está compuesto ese mundo adulto del que Agustín intenta -sin conseguirlo y sabiéndose abocado al fracaso de antemano- proteger a Estrella. Una joven destinada a matar (simbólicamente) al padre real para convertirlo en el imaginario sostén de su búsqueda. El poste que nunca falla. Enérgico, incontestable tótem que impregnará de savia, sentido y recuerdos, sus futuros amores y experiencias. El sentido absoluto del mundo. Shalam
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