Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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De tanto en tanto ocurren milagros. Soylent green fue testigo de uno de ellos. Una de las escenas que todos recuerdan del filme es aquella en la que el entrañable anciano interpretado por el gran Edward G. Robinson moría a decisión propia mientras rememoraba viejas y maravillosas imágenes de ese planeta que conoció, condenado ahora a la destrucción. Dos meses después, poco antes del estreno del filme, el gigante de la interpretación fallecía de un cáncer de vejiga en un hospital de California. Sin saberlo ni haberlo planificado de atemano, se había ido como merecía: por la puerta grande; delante de los espectadores. A través de un involuntario acto mágico, casi chamánico, que hacía justicia al inmenso actor que fue. Pocas entregas de un Oscar fueron más conmovedoras y cinematográficas como la que se llevó a cabo ese mismo año; el de su muerte. Cuando Charlton Heston entregó la estatuilla a su mujer, era imposible no pensar en el detective Thorn agasajando a su querido amigo y ayudante delante de sus colegas. Un trasvase entre vida y arte alucinante.
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