El ketchup y la mostaza
Ayer estaba revisando la banda sonora de Uno de los nuestros y tema por tema me parecía descomunal. Sin embargo, no lograba asociar las canciones...
Lopushansky muestra el mundo destrozado y convertido en un estercolero de metal. Un fábrica de desasosiego. Un anárquico centro penitenciario donde apenas existe más esperanza debido a la radiación, que encerrarse en una caja durante décadas. Hay habitaciones llenas de niños malformados cuyos gritos -que por momentos dan la impresión de haber podido ser risas- provocan espanto. Guardianes alienados que ni en las condiciones más desastrosas han ablandado su corazón. Y seres ajenos a la compasión que, en medio de la catástrofe, vislumbran la forma de hacerse con el control de la sociedad o lo que resta de esta. Entre medias, apenas vemos partes del mundo derruido. El asombro frente a decenas de libros escritos que no fueron capaces de frenar la hecatombe y las dudas sobre cómo será la nueva cultura en un mundo donde cualquier valor y noción tradicional han quedado exterminados y tal vez la quema de una obra de arte contribuya más a la mejora humana (si es que esto es posible de algún modo) que su conservación.
Tal vez Dead man’s letter no sea una obra maestra. No llegue al nivel de profundidad metafísico -algo muy difícil por otra parte- de las obras de Tarkovsky pero es sincera. Transmite con exactitud la atmósfera que recorría a Rusia y unos cuantos países de la Unión Soviética desde mediados de los 80 entre el ocaso del comunismo y las amenazas de guerra. Testimonia el descalabro del humanismo y convierte la ciencia ficción en una leve rama extraída del tronco de la realidad. Una anunciación no tanto del futuro sino del presente que ya está siendo. El Apocalipsis metálico. Shalam
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