20,000 days on earth: sangre en la pantalla
20,000 days on earth no es un documental sino un acto de vampirismo. Un mordisco a la pantalla a través del que un artista, Nick Cave, juega con su...
En este sentido, el canibalismo visualizado en el film creo que alude más al capitalismo en su fase de expansión salvaje (previo a su reconversión en tardío) que al de de las ingobernables tribus que contemplamos durante su desarrollo. Y ese holocausto al que hace referencia el título de la película tiene más que ver también con las matanzas rituales tecnológicas provocadas por el capitalismo global que por esos «otros» habitantes de la selva que, de algún modo, se mimetizan con los occidentales y acaban devolviendo la rabia y odio que les son inoculadas con absoluta fidelidad y obediencia. Pues lo cierto es que cuando muerden y matan lo hacen más como reacción, como respuesta al aprendizaje al que han sido sometidos, que como venganza. Su revancha es más símbolo de acatamiento y sumisión que de rebeldía y subversión. De alguna forma, subraya que han comprendido las reglas del juego y participan del nihilismo que, con mayor o menor insistencia, los colonizadores les han inoculado.
En realidad, se están comiendo a ellos mismos. Digieren sus propias costumbres, ritos y culturas a medida que digieren a sus burladores y castigadores puesto que, masticando el cuerpo de sus opresores, comienzan a participar de sus características y concepciones. Continuando un proceso de des-identificación vivido anteriormente por holandeses, ingleses o italianos para convertirlos en peones del mercado neoliberal. Lo que corroboran los rostros de los ejecutivos que no pueden ocultar su fascinación (mucho más que su horror) por las imágenes que contemplan que, en el fondo, certifican y dan cuenta de el objetivo se ha completado.
¿Es una película de terror Holocausto canibal? No lo creo. Yo más bien diría que se trata de una celebración. Que nos encontramos ante un film festivo. Una obra que, como el Thanksgiving day -en este caso, de manera velada y sumamente hipócrita- festeja la dominación del mundo globalizado y se despide para siempre de la antigua forma de imperialismo colonial. Es, de hecho, una obra que tiene un apotegma muy claro: una imagen vale más que una pistola como medio y forma de dominación Basta una grabación, una penetración en el surco de una sociedad sin tiempo, para controlarla. La rebelión, los gritos y las muertes rituales no son en el fondo, más que daños colaterales y consecuencias inevitables de este sometimiento. No son, al fin y al cabo, más que agónicos alaridos de las culturas durante los instantes previos a ser incineradas o enterradas en tumbas narco-visuales: constatación de que la unificación globalizada se está realizando según los parámetros previamente establecidos. Shalam
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