Un corral de pollos
Dejo a continuación un nuevo avería que la verdad no sé concretamente de qué va, pero de algo va. El cual recomiendo leer escuchando el tema que...
Me basta escuchar cualquiera de los temas compuestos o adaptados por Moroder para películas de alto calibre, entre la horterada y la épica de barrio y del espacio, como Scarface, Battlestar Galactica, Metropolis o algunos de los compases de bombas de relojería, peonzas concebidas para bailar sin descanso, como la inmortal «The chase» o su reciente «Racer» para salir de cualquier estado comatoso. Retirar de un guantazo la tristeza de mi vida. De hecho, confesaré un secreto. Cuando no encuentro inspiración para escribir, acostumbro a pinchar uno de sus múltiples temas y, por lo general, las ideas comienzan a sucederse sobre el papel con gran rapidez y de una manera inusitada y, en principio, inconcebible. Porque Moroder es tan divertido que todo aquello que se me ocurre, cualquier combinación de palabras o ideas, por inverosímil que parezca, termina por encajar. Muchas veces me pregunto cómo es que concibió ese sonido tan potente, cuándo sería la primera vez que conseguiría extraerlo de las máquinas en las que trabajaba y cómo vivió los años frenéticos de la música disco y se relacionó con tantas estrellas, (Donna Summer, David Bowie o Gloria Gaynor por ejemplo), que sabían que aproximarse a él era una garantía absoluta de éxito. Intento entonces escarbar en su biografía. Bucear en foros de internet buscando datos pertinentes. Aunque, dado la pasión que su música despierta en mí, finalmente, acabo olvidándome del hombre que la concibió, cerrando los ojos, y dejándome llevar allá donde me conduzca. Que generalmente es un lugar cálido y dulce. Pleno de afectividad. Una sala llena de gente de todas las razas cuya única intención es bailar y amarse hasta el fin de sus días.
Que Moroder era un genio lo entiende uno muy fácilmente comparando cualquiera de sus discos con muchos de aquellos que fueron considerados imprescindibles en la década de los 90 o la primera de nuestro siglo. Sus producciones no han envejecido. Suenan con la misma fuerza con la que fueron compuestas. Incluso con más si cabe. Se encuentran llenas de matices que no se agotan, avasallan el oído y el corazón elevando el ánimo y, por el contrario, esas otras que pasaban por ser las más innovadoras de su época, producen ahora hastío, desgana. Poseen ideas pretenciosas (brillantes en su momento, sí, pero que ya han perdido gran parte de su color y sentido) que palidecen ante la rotundidad y sencillez de las de Moroder. Un compositor que supo sacar partido a cada uno de los pliegues de una canción. No necesitaba más que dos o tres notas para desarrollar todo su arsenal creativo. Y era capaz de crear capas de eco sonoras muy seductoras. Un paso más allá, en un principio, de la música experimental y el pop y a varios de distancia de la música disco. Al menos hasta que su estilo comenzó a perder fuelle y ser, en buena parte, fagocitado durante los ochenta.
Exactamente, nada, absolutamente nada, hubiera sido igual en la música moderna sin Moroder. Esto que quede claro. Giorgio no es una jugosa nota al pie de página del libro de la música popular sino un eslabón central de la misma. Y al menos en lo que se refiere a la música disco y electrónica, uno de los principales referentes. Algo evidente para los que lo queremos como un familiar. De hecho, duele hasta decirlo. Pero nunca está de más repetirlo para evitar confusiones.
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