Pacíficos: el origen del sueño
Dejo a continuación un nuevo avería dedicado a un libro recientemente publicado por el pintor Ángel Charris. Un proyecto en común de ambos cuyo...
Las fotografías de Sergeev forman un amplio crisol de postales repleto de tonos pastel, realismo sobreactuado y majestuosidad acaramelada sobre esa parte del mundo occidental que, desde hace tiempo, es ya un apéndice de La venus de las pieles. Se encuentra dominado por las mujeres no tanto debido a una noción de justicia e igualdad instalada en la sociedad sino porque el triunfo de la dominatrix y el retorno al imaginario colectivo moderno del reino de las amazonas o de Cleopatra es lo que más favorece al poder. Razón por la que el gran protagonista de las obras de Sergeev es el núcleo femenino. La misteriosa y sutil femineidad animal. Oscura, ambigua, atractiva, bella y salvaje frente a la que los hombres apenas pueden actuar más que mostrando sumisión o manteniéndose pétreos. Acosados por la violencia, ímpetu y soberbia con que clítoris y senos alzan el vuelo por los avenidas del mundo moderno. Imponiendo la ley de la belleza frente a la de la guerra, a medida que se termina de construir el castillo de la ambigüedad contemporánea, producto en parte de la destrucción de la virilidad.
Sergeev retrata a Caperucita controlando a su antojo a los lobos; las niñas convertidas en Lolitas; Cenicienta y Wendy transformadas en mariposas nocturnas a medio camino de una mujer vampiro, un reptil, una sex simbol y una oscura ambiciosa y mujer de negocios; a Blancanieves y Alicia casi como si fueran prostitutas de la fantasía; y a las brujas vistiéndose con trajes elegantes de llamativos colores para celebrar el retorno de Lilith.
No obstante, y a pesar de todo lo dicho, tengo la impresión de que Lyubomir Sergeev se encuentra siempre riéndose de sí mismo y del espectador. Que, en realidad, más allá de la obvia fascinación que siente por las mujeres bellas, se mofa del feminismo, del machismo o de la teoría de géneros. Y que lo único que desea es disfrutar y hacer disfrutar al espectador de sus obras. Algo que se puede percibir en lo serio que se toma las ambientaciones y el colorido de las historias.
De hecho, más que un fotógrafo kitsch, lo considero un performer. Pienso que lo que lleva a cabo son fotografías performáticas. Y que lo que intenta retratar es a la frivolidad caminando. El momento en que el lujo se convierte en poder. Posición política avasalladora que no seduce por las armas sino por la belleza. Y el instante en que el arte acaba transformado en publicidad. Ese mundo en que toda la inspiración y el dinero se encuentran al servicio del comercio y el placer se ha convertido en una necesidad donde los hombres y las mujeres compiten no tanto por ocupar una posición lo más elevada posible en la escala social sino por ganarse el enorme privilegio de conseguir ser los primeros en dar la orden para que el Planeta Tierra se destruya de una vez. Shalam
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