La batalla
La vida es un flujo continuo de aprendizaje y sorpresas. No sé ni cómo, hace un mes, comencé a ver un concierto de Peter Brötzmann y Heather Leigh...
Por lo general, los baterías suelen encontrarse al fondo del escenario. Situados en un lugar desde donde pueden visualizar la espalda de los componentes del resto del grupo. Esto es; además de actores, son en gran medida observadores. Y pueden extraer conclusiones globales bastante certeras. Más cercanas a la «viva» objetividad que las de los críticos -demasiados prejuicios e investigación detrás de ellos- y las de los cantantes o guitarristas que, habitualmente, al ser el foco de interés y atención pública, ponen el acento más en aquello que les sucedió a ellos que en lo que realmente estaba ocurriendo. Algo también habitual con escritores que tal vez por un exceso de sensibilidad, tienden a magnificar cualquier suceso en donde se ven envueltos. Acontecimientos que sublimados pueden transformarse en arte pero circunscritos al marco biográfico, probablemente carezcan de interés. Sean carnaza de bar. Anecdotario sin interés. Ego suelto sin riendas. Todo lo contrario de lo que ocurre con el texto urdido por este licenciado en arte. Una resaca bien digerida. Una corbata precisamente ajustada a la camisa. Un pantalón con la raya en medio claramente definida. Y casi un crudo y contenido retrato de García-Alix. En definitiva, una revisión muy centrada y ajustada de su trasiego en el mundo de la música en simbiosis con varios de los conciertos a los que asistió como público y, por un motivo u otro, marcaron su vida y, en cierto modo, también definieron una época.
Las virtudes de Electricidad revisitada son muchas. Pues posee múltiples y complementarias lecturas. En primer lugar, es una biografía muy completa de Gabinete Caligari que explica detalles y datos importantes: su formación e influencias, las sesiones fotográficas de las portadas de sus discos, el estado de gracia al grabar Cuatro Rosas, la decepción por no haber podido alcanzar el austero y duro sonido al que aspiraban en Privado, la asimilación del éxito con Camino Soria, el papel de Phil Manzanera en su notable Cien mil vueltas, las desastrosas sesiones de grabación de Gabinetissimo en Inglaterra, los cambios de compañía finales, las últimas frustraciones y como consecuencia del olvido y el desinterés, la separación de un grupo cuya propuesta como la de tantos otros -Radio Futura, Golpes Bajos, Nacha Pop- había dejado de tener sentido en los 90 entre el narcótico del indie y el consumismo salvaje y desenfrenado.
Lo cierto es que termina uno de leer Electricidad revisitada y comprende perfectamente por qué -recurriendo de nuevo a la absurda polémica que los rodeó desde sus inicios- Gabinete Caligari fue un grupo «fascista». Puesto que no hay una sola errata en el texto. Y si la hubiera, estoy convencido de que sería elegante. De hecho, Edi escribe como un señor. Con una prosa contenida pero sumamente descriptiva. A medio camino del ensayista y el biógrafo, el periodista y el fan, el motero y el dandy. Prestando atención a los detalles y tonos de la escritura, al fondo de la escena, como si fuera un productor preocupado porque el disco suene exactamente como desea. Que en esta caso, sí, es prácticamente como una crónica dylaniana o cualquiera de aquellos castizos discos de Gabinete Caligari donde entre rememoraciones de bares y restaurantes madrileños, poemas de Machado, cigarrillos Ducados, pasodobles taurinos, canciones de los Chichos, fotos del As y posters de Penthouse arremolinados en talleres mecánicos, se escuchaban los filtros de sinuosas melodías siniestras. Blues y folk de tintes telúricos y aires orgullosos que destrozaban como tijeras sangrientas las portadas del ABC. Shalam
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