Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Un aspecto fascinante de sus obras es que parecen haber surgido sin esfuerzo. Haber brotado de digestiones ligeras de comida. Sus lienzos son arte «leve» en el sentido que dio Italo Calvino a este término. Un cruce entre Atún y algas de Ciudad jardín y una novela de Albert Camus. Entre varios discos de Esclarecidos y de Talking Heads. Una canción de Radio Futura escuchada en una piscina apareciendo en medio de un comercial televisivo sobre una exposición de Edward Hopper en Madrid.
Leo la pintura de Charris, entre otras muchas cosas, como un psicoanálisis de la España surgida de la democracia. O al menos, de las inconsistencias y anhelos y reflejos perdidos de su clase media-alta. Un retrato, eso sí, que evita los tintes trágicos y se centra en los cómicos o más bien, en los disparejos. En cómo uno de los fragmentos sociales privilegiados hasta hace no demasiado tiempo -la burguesía- a medida que iba perdiendo músculo económico (que no ahorros) y el mundo continuaba girando alrededor, se intentaba mantener (obsesivamente) fiel a los principios que la sostuvieron en pie y además, ejerciendo un rol dominante hace varias décadas.
Hay de todas maneras en Charris una fascinación no exenta de perversidad y nostalgia por el mundo que retrata. Una necesidad infantil porque estos vestigios no se pierdan -que dota de cierta oscuridad maliciosa a sus lienzos- y, al mismo tiempo, un deseo de que no vuelvan más, desaparezcan del primer plano y permitan que el aire fresco corra suavemente por la ciudad moderna y contemporánea.
En gran medida, Charris sugiere que las consignas con las que millones de europeos se educaron, ya no sirven. Pero tampoco las proclamas de los profetas del desierto virtual -Baudrillard- o real -Slavoj Zizek-. Lo que provoca, en gran medida, la impotencia de muchos de sus personajes y contribuye definitivamente a la estructura vacía de sus paisajes de los que la masa obrera desaparece a medida que el mundo entero se ha convertido en una gigantesca corporación capitalista. Tanto que así que incluso los antaño carismáticos y elegantes villanos del cine, la literatura o el cómic han ido perdiendo el aura malévola y fascinante que los caracterizaba. Por lo que de la contemplación de una viñeta de Jack Kirby o la lectura de El hombre enmascarado o una novela de Joseph Conrad, Balzac o Richard kipling se ha pasado a la de los productos del capitalismo destructivo: Ultimate Marvel. Terror nihilista destrozando Bagdag y París en medio de tremendos movimientos empresariales que sólo pueden ser completamente entendidos a partir de las teorías de la conspiración. Ese mundo que imita a las novelas de Pynchon donde un valor o un sentimiento noble se traduce en una bala en el pecho. Y un ideal, en muerte segura.
Creo -finalizando ya- que, en realidad, la pintura de Charris es una mirada a Europa, a Occidente en su conjunto, instantes antes del capitalismo tardío. Un retrato de Antonio Vega divirtiéndose y sí, drogándose, pero no convertido aún en un cadáver pálido. Un mundo donde todavía se podía descansar y dormir pero ya se sentía la sombra de internet instaurando un camino de no retorno. Esa carretera perdida, predicha magistralmente por David Lynch en su absorbente filme.
En cualquier caso, no pienso que haya que tomar demasiado en serio las palabras que dije con anterioridad. Básicamente, porque creo que Charris es el artista del desparpajo. Esa festiva lucidez que insiste en los misterios y el silencio como medio de alcanzar un secreto. Y, sobre todo, en indagar lo que se esconde tras la felicidad. Que es finalmente lo que consigue en sus lienzos: que todos gocemos al contemplarnos a nosotros mismos y a nuestros contemporáneos convertidos en fantasmas. Que todos gritemos «soy un fantasma ¿y qué?» dentro de una biblioteca imaginaria que nos permite reconstruir la vida y el mundo las veces que queramos en medio de un presente continuo infinito. Shalam
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