Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Basta compartir unos minutos con Mario Bellatin para constatar que tiene a fuego, marcada en la piel, la herencia de estos antepasados y las traumáticas experiencias vividas durante su niñez. Incapaz de relajarse, maquinando sin cesar sobre cualquier asunto, buscando los puntos débiles de quienes le rodean, a veces considerándose superior al resto de mortales (y no digo ya escritores), no creo que este hombre sea feliz. En absoluto. Realmente, no puedo concebir que tenga mayor paz que la de sus horas diarias dedicadas a la escritura. Razón por la que supongo que consagra el mayor tiempo posible a esta actividad. De todas formas, no quiero dar pie a confusiones. No es que Bellatin sea, exactamente, un ser torturado; más bien es un perverso que vive y se alimenta de sus neurosis y se aprovecha de ellas para crear (lo que me parece genial) pero también para golpear a todos aquellos que se aproximen a él, con los que no tenga una relación mutua de interés (lo que, como se comprenderá, pone de manifiesto las debilidades que tanto énfasis pone en ocultar o, más bien, disimular).
Una vez entendido esto, me hicieron comprender que hablar de los ancestros de este artista, (un tema tan delicado y personal), era también hacerlo de los míos. Y si bien sería conveniente que el libro mantuviese el tono oscuro, tampoco lo desmejoraría incluir ciertas secuencias o detalles a través de las que constatar cómo el autor de ese intenso texto llamado Disecado (¿acaso el mejor de los suyos?) a pesar de caer en excesos, finalmente, había conseguido imponerse a su herencia familiar y trascenderla. Más que nada porque esto también significaría que yo podía conseguirlo. Y, en cierto sentido, me pondría en paz (íntima y silenciosa) con los abuelos, padres, tíos de un hombre que me mirarían silenciosos desde otro lugar pero complacidos porque sus vidas sirvieron para algo. Además de que mi escritura los ayudaría a redimirse, redimiéndome a la vez a mí. Algo lógico pues, en realidad, todos somos seres humanos y el amor es el tesoro oculto que se esconde en el arte. Amor cegado o errado, en algún caso, pero amor al fin y al cabo. Razón por la que no es tan bueno dejarnos llevar por la ira al crear (aunque hacerlo ayude a calmarla o atenuarla) y es conveniente revisar las obras, sí, desde la impulsividad pero también la conciencia.
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