Risa y tinieblas
Me refería ayer brevemente al Spider-man de DeFalco. Hoy tampoco deseo extenderme demasiado. Aunque tal vez lo haga más de lo que en principio...
Bill Sienkiewicz se inventó el solito los 90. O al menos, abrió el camino definitivo al porvenir en el momento en que comenzó a ocuparse del dibujo en Los Nuevos Mutantes. Una colección hasta su llegada, muy equilibrada. El típico cómic juvenil de calidad que combinaba perfectamente reflexión, acción y guiños al mundo adulto y al aficionado común. Casi un Julio Verne de la era Marvel. Pero bastó que Sienkiewicz dibujara un solo número para que la serie se convirtiera en «otra cosa». Un retrato oscuro del mundo adolescente.
Stray Toasters, no obstante, no es una obra maestra. Es sumamente interesante, sí, pero no es una obra definitiva. No sólo por su perverso y complejo guión sino por el grado de implicación que el cómic demandó en Sienkiewicz. Durante su proceso creativo, casi no dormía. Vivía empecinado en crear una obra diferente que modificara la historia de la viñeta. Una creación nunca vista antes que lo inmortalizara. Algo que logró únicamente en parte, debido a que su ansiedad y su escasa experiencia como guionista le hicieron retorcer en exceso un complejo y disperso argumento que no ha dejado huella y desde luego, no estaba a la altura de su parte gráfica. Ésta en concreto, llena de hallazgos que sí influyeron decisivamente en décadas posteriores. De hecho, yo al menos soy de los que consideran Stray Toasters más como un taller, una prueba práctica sobre los límites del arte que como un cómic al uso. Y veo en él, un baúl artístico destinado a ser abierto por las futuras generaciones. Una de esas obras que por diversos motivos no terminan de cuajar pero están destinadas a multiplicar su influencia con el paso del tiempo.
Basta en cualquier caso, -dejando de lado Stray Toasters– hojear unas cuantas páginas de Elektra Assasin para darse cuenta de la grandeza del arte de Sienkiewicz. Alguien capaz de traducir en imágenes la mente quebradiza de Frank Miller y crear unos dibujos graves y solemnes que transmitían inquietud. Cortaban el aire y ampliaban el espectral marco concebido por el guionista norteamericano para Daredevil sin dejar de ser elegantes.
En fin, tras su experiencia en Los nuevos Mutantes, con Frank Miller y la absorbente Stray Toasters, Sienkiewicz comenzó a verse rebasado. Se convirtió en un genio buscado por los más importantes autores. Todos querían ver qué podía hacer con sus guiones y él era incapaz de poner el freno creativo. Si se embarcaba en un proyecto, perdía la conciencia del tiempo. No dormía, no comía y se lo planteaba como un reto. Para él, no existían trabajos menores. Cualquier encargo era una aventura. Cualquier dibujo, una oportunidad única. Y, obviamente, esa mentalidad en una industria tan práctica iba a provocarle problemas antes o después.
De todas formas, su actual estado de confort, no puede hacernos olvidar que Bill Sienkiewicz fue, durante los 80, uno de esos artistas que provocan espasmos. Un artista frío y oscuro, perverso y manipulador, como los grandes terroristas del arte. Un mago negro que transformaba un paisaje en una caja y cualquier alma en un sol oscuro, capaz de convertir un cómic en una ciénaga llena de dolor. Un pantano lleno de arenas movedizas en las que la imaginación de los lectores era sometida por su desbordante látigo creativo. Shalam
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