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El fotógrafo

Dic 20, 2023 | 2 Comentarios

A estas alturas, es difícil añadir algo de interés sobre el magnifico cómic realizado por Didier Lefévre, Emmanuel Guibert y Fredéric Lemercier: El fotógrafo. En cualquier caso, la obra es tan buena que, aunque fuera como simple testimonio de su brillo, no podía dejar de citarla en avería.

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Hay algo hipnótico en El fotógrafo. Una historia que he leído en múltiples ocasiones y siempre me reconforta hacerlo. En determinados momentos he pensado que si el cómic me cautiva tanto es por la sabia y original combinación de las fotografías realizadas por Lefévre durante su viaje por el Afganistán de los 80 (en cuyos contornos se desarrollaba una cruenta guerra entre Rusia y el gobierno comunista de Kabul contra los mujahidin locales) y los dibujos de Enmanuel Guibert. Pero aunque esta mezcla de dos artes distintos se encuentra sumamente lograda no creo que resida aquí la clave del atractivo de una obra que ha provocado un enorme consenso entre sus agradecidos lectores. 

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Después de reflexionar al respecto, he llegado a la conclusión de que lo maravilloso de El fotografo es precisamente tanto su exacerbado realismo como la discrección y la ausencia de majestuosidad con la que Levéfre narra su recorrido por las espectaculares montañas del país asiático. El viaje llevado a cabo por el cámara francés es descomunal pero se encuentra descrito con tanta precisión y serenidad, casi como si fuera una breve excursión por un monte alpino sin mayor importancia, que es inevitable no empatizar con él. Considerarlo alguien demasiado parecido en sus bajezas, defectos y debilidades a cualquiera de nosotros como para no prestarle la atención debida.

Creo además que muchos de nosotros en algún momento hemos tenido que afrontar un viaje importante y nos hemos sentido tan fuera de lugar como Levéfre cuando aterriza en Pakistan vía París y comienza a ser testigo de cómo los medicos empaquetan los instrumentos necesarios (cajas con medicinas y demás material) para realizar la misión humanitaria que ha decidido ilustrar fotográficamente al tiempo que se familiariza con el asfixiante calor, la ropa afgana, el modo de negociar u otea con preocupación la inquietante atmósfera que se extiende alrededor de la frontera.

Yo concretamente recuerdo ahora mismo un viaje a través del desierto de Uyuni en el que me preguntaba una y otra vez qué hacía allí, muriendo de frío por las noches, atravesando salinas sin descanso durante el día junto a compañeros desconocidos u observando cómo mis zapatos se deterioraban por la humedad cercado por las sonrisas indisimuladas de los indígenas que nos acompañaban a mí y a un pequeño grupo de europeos. En realidad, por más que aquella era una aventura elegida por mí y que, por tanto, debía sobre todo proporcionarme placer, no pude evitar añorar en muchos momentos el calor de mi cuarto donde podía enfrascarme en decenas de lecturas con total comodidad además de escuchar los habituales discos de rock que durante aquellos días fueron sustituidos por una dieta de Maná y clásicos populares sudamericanos.

Existe, sí, algo antiheroico (pero a la vez íntimamente muy humano) en la travesía de Levéfre. Todos podemos idenficarnos con él. Todos entendemos sus sufrimientos cotidianos e incluso su loco afán por fotografiar a los afganos heridos en combate o realizando su vida cotidiana. También por supuesto empatizamos con las sensaciones de tristeza y desorientación que le embargan de tanto en tanto. Su enfado con algunos caballos, su sopresa ante las distintas costumbres y el miedo sordo que lo invade cuando atraviesa parajes en los que casi que puede sentirse la cercana presencia del ejército soviético. Por no hablar de la desesperación que nos invade al tomar conciencia de que esa tremenda odisea de semanas se podría realizar en un solo día por carretera en caso de que las rutas asfaltadas no estuvieran controladas por los adversarios.

Paradójicamente, esta identificación con el fotógrafo galo se produce sin que necesitemos saber datos de su vida íntima o pública en Europa.  Levéfre es un europeo en Afganistán. Un notable cámara que acepta realizar un reportaje para Médicos sin Fronteras. Es un testigo voluntario de las consecuencias de la guerra: operaciones de miembros amputados, gargantas destrozadas u ojos descompuestos tras recibir el impacto de la bala de un fusil. Punto. Por tanto, evita en lo posible cualquier dato que no considere relevante como la hinchazón en la encías que le hizo perder 14 dientes. Un dato que conocemos en el epílogo porque, repito, Levéfre apenas habla de sí mismo. Tampoco es que se niegue a hacerlo. Simplemente, omite cualquier dato que no tenga que ver con su objetivo. Así que no sabemos prácticamente nada de él cuando comienza a relatarnos (e ilustrarnos) su recorrido junto a un grupo de médicos y soldados afganos por ignotos parajes camino a un hospital de guerra. Sin embargo, al final del cómic, todos somos un poco sus compañeros. Todos hemos salido transformados de la experiencia y hemos ampliado nuestro conocimiento de una tierra cuya trágica belleza logra humanizar en fotografías que nos alejan de las imágenes y noticias que la han convertido en tristemente célebre, pasto de telediario, durante las últimas décadas.

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Obviamente, gran parte del mérito del cómic hay que atribuírselo a Emmanuel Guibert.  Puesto que fue el guionista y dibujante francés quien se empeñó en recoger de manera gráfica y artística los testimonios de Lefévre. Quien tuvo el agudo olfafo para vislumbrar la importancia de reflejar las tropelías vividas por su compañero. Algo necesario teniendo en cuenta que, a pesar de su esfuerzo y las muchas instantáneas tomadas, tan sólo seis de ellas acabarían viendo la luz en una publicación. Pasto rápido del olvido y del ansioso consumo de masas.

Otro punto importante a destacar por cierto es el  trabajo del entintador. Un detallista y minimalista Lemercier que logra transmitir soledad y aridez con los colores sin dejar de mostrar cierta familiaridad y cercanía.

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Además de las imágenes de Afganistán y el drama que riega todo conflicto bélico, hay otro punto de interés muy importante del cómic. En parte ya lo he destacado aunque no creo haber puesto completamente el énfasis en ello. Me refiero al drama vital de Levéfre. El agujero negro en el que de algún modo caen todas las personas que directa o indirectamente se mezclan con atmósferas tan extremas donde la ley salta por los aires y la vitalidad natural se impone ante el riesgo de muerte continuo. Lo digo no tanto por el temprano fallecimiento de Levéfre sino porque revisando su periplo biográfico, compruebo que regresó hasta en seis o siete ocasiones más al país asiático. Que no pudo ni quiso apartar de su existencia nunca más las montañas afganas. De hecho, en cierto modo, se convirtió en un expatriado, un jinete de dos mundos que vivía en un constante viaje.

En gran medida, ese es el tema del tomo 3 de El fotógrafo. En un momento dado, Levéfre decide hacer el viaje de vuelta solo. Sin sus compañeros médicos ni los experimentados viajeros que hasta entonces lo acompañaban. No llega a dar ningún motivo concreto pero su voluntad es respetada y, en cierto sentido, todos lo conocemos lo suficiente para entender que debe hacerlo. Obviamente, este viaje no será nada reconfortante. Será engañado, objeto de soborno y no perderá su vida de milagro en una noche pesadillesca durante la que tuvo el arrojo de capturar algunas instantáneas.

Creo que, en realidad, es en ese momento que el título del libro toma su completo sentido. Hasta entonces, el protagonista del cómic eran las fotografías de Afganistán pero desde el momento en que Lefévre se lía la manta a la cabeza y elige viajar por su cuenta, él mismo se convierte en el verdadero protagonista del relato. Alguien a mitad de camino de la cordura y la locura cuyo espíritu quedará atrapado en medio de unas montañas extranjeras como si hubiera sufrido un exorcismo.

Si nos fijamos, la fotografía que encabeza este avería no deja lugar a dudas. Llegado un momento, Levéfre era tan afgano como parisino. Parecía de hecho más un hijo de las montañas y los cielos estrellados que de la Torre Eiffel. Shalam

العدالة بدون رحمة هي القسوة

Justicia sin misericordia es crueldad

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen….se que puedo hacerlo aunque este rodeado de novedad..
    2imagen….definitivamente antonio saura…..(uso una punta de 0,8 y hago temblar mi mano…
    3imagen…en el dibujo la burka es la estatua de sal…..la u y las dos uves de las fotos pertenecen al que llevaba las pelotas en moto (giotto, inventor de la pers-pec-ti-va)….jajaj…
    4imagen…como que no se fija en los cuadrupedos y si en el humano? (te repartire unas balas)…..
    5imagen….nomadas…..
    6imagen….mucha sombra mucho sol…..
    7imagen….el instante de la fuerza humana (compartir)…..
    PD…https://www.youtube.com/watch?v=0xBGs-cSgWk….f.battiato.
    nomadas……

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Quiera o no quiera, me guste o no, esto es la vida. 2) Difuminación impresionista vista desde un estudioso de la pintura del siglo XX. 3) Fotomatón perdido en los años 70 del que surgen sin cesar imágenes parecidas a esta y nadie saber por qué. 4) El momento en el que un filme muestran cómo un niño se convierte en un futuro Atila. 5) Quijote desértico. Entre la locura y la neurosis. 6) Lawrence de Arabia femenina. 7) Sancho Panza teniendo pesadillas mientras gobierna su ínsula en las que aparece desterrado en un confín árabe. PD: Hipnotizante la actuación de un Battiatto conscientemente inexpresivo que parece un partisano comunista muy enfadado con los socialdemócratas.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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