Un dios de la fantasía
Una de las grandes incógnitas del mundo del cómic y la ilustración en general es lo poco citado que es Earl Norem. Un auténtico gigante. Cualquiera...
Salvator Rosa es uno de esos agujeros negros que, de tanto en tanto, aparecen en el arte occidental. Más que un enamorado de la noche, la noche misma. Los tristes ojos de un gato. El viscoso sabor de un brebaje de bruja. Un primo-hermano de Baudelaire y Rimbaud nacido dos siglos antes que ambos poetas. Una especie de gitano salvaje de la pintura. El brazo rebelde de la cultura. Un señor sin piedad capaz de humanizar lienzos que, en caso de ser pintor, el Marqués de Sade hubiera convertido en frescos crueles e irrespirables. Inagotables muestras de saña y sadismo.
Los lienzos de Rosa se encuentran llenos tanto de furia como de vida. No es difícil percibir que el hombre que se hallaba detrás de ellos, era un buen amante, disfrutaba de los placeres mundanos y, probablemente, detestaba el poder. Era un inconforme. Un ácrata diabólico que pintaba cuadros que eran eructos libertarios. Un señor que, gracias a su talento, pudo ascender socialmente, pero nunca olvidó la calle. Las poblaciones de una Italia herida y dividida. Unida artificialmente por un arte en cuyo reverso se apoyó para penetrar -como pocos han hecho, al menos en el país transalpino- en su faz oscura. Porque al menos yo, cuando me enfrento a una obra de Rosa, vislumbro detrás las pesadillas de Nerón, los caprichos de Calígula, la decadencia de los romanos y las debilidades de los sacerdotes pero también, las violentas perversiones de los Borgia, la fría aspereza de los Visconti y las constantes luchas de poder entre ciudades Estado. Y además, por supuesto, también oteo desvanecimientos, hechizos, flatulencias del alma y ruinas devastadas.
Los trazos negros de los lienzos de Rosa son asesinos y viscerales. Animales y míticos. Poseen una profundidad arcaica que destroza cualquier concepción intelectual preconcebida. Una bestialidad que rasga el cerebro y da carta abierta al coito, el vicio y el sexo en contra de cualquier mandamiento moral. El dogma judeocristiano. E incluso en aquellos grabados en los que retrata el mundo de día, los colores de la mañana parecen heridos. Estar siendo transfigurados por un animal que aspira y aspira hasta llenar de vaho el lienzo o los soplidos de un dios borracho.
No sé cuántas vueltas dará el canon pictórico en el futuro y qué lugar ocupará Rosa en él, pero entiendo que la Academia no terminará de reconocerlo nunca como merece, porque era su enemigo sin piedad. Pero, desde luego, yo deseo viajar a Nápoles o Roma, entre otros motivos, con el fin de encontrarme cerca de los talleres en los que pintó, las calles por las que transitó o los libros que leyó y tocaron sus manos para componer sus nocturnas, destructivas sinfonías. Creo, de hecho, que Rosa dijo algo sobre nuestro mundo que todavía no ha sido entendido. Es una nota musical aún sin elaborar y fijar sobre el papel porque, a pesar de mirar hacia delante y precipitar la pintura hacia el vértigo romántico, no cesó de mirar atrás. Poseía una concepción absoluta y terrible de la realidad que nos invita a releer los libros antiguos donde se relata cuál es el sonido de la risa de Satanás y el sabor del sexo de las brujas. Shalam
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