El jinete pálido
Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al último disco, Strictly A One-Eyed Jack, de John Cougar Mellencamp. El cual recomiendo leer...
Escuchaba yo mucho por aquella época, los discos de Blondie, Barón Rojo, Ilegales, Raimbow, Soda Stereo y Alice Cooper y me pareció más interesante hablar de ellos a través de la vida de otra persona: un productor musical llamado Lawrence Davies. No tengo mucho más que decir. A veces, incluso las personas más abiertas de oídos, tenemos ciertos prejuicios respecto a la música pop y rock, que muestran que somos mucho más manipulables de lo que pensamos. Algo no muy extraño, teniendo en cuenta que también somos manipulados en otros campos de la vida. Desde la alimentación, la justicia o la educación. Por eso es que le dediqué este texto a Lawrence Davies. Un antídoto contra la dictadura de lo «cool». Un anarquista musical con una personalidad propia que se imponía a las modas, marcando con su criterio el signo de los tiempos que vendrían. Un enamorado de nuestro país al que todavía muchos añoramos.
Han transcurrido prácticamente dos meses y todavía parece increíble que nos haya dejado. Con una de sus vestimentas habituales —camisa de flores y amplios tejanos verdes con pata de elefante—, moviéndose al compás de los sonidos de viejos rythm & blues y fumando un ducados tras otro sin apenas interrupción, pudimos observarlo a pie de escenario en el histórico concierto que Cinderella ofrecieron el pasado junio en Madrid. Parecía, sí, que por él no había pasado el tiempo. De hecho, a no ser por las incipientes canas que cercaban su largo cabello rubio, muy pocos habrían podido adivinar la verdadera edad —76 años— de aquel sempiterno seductor e incansable bailarín que desgañitaba su garganta al compás de los clásicos de la banda norteamericana mientras consumía sin cesar un vaso de ron tras otro.
Como se puede comprobar, —y de esto son un fiel testimonio sus últimos días— Lawrence Davies fue, ante todo, un espíritu inquieto, por momentos, hiperactivo y demasiado fascinado por la música, como para detenerse a medir las consecuencias de sus actos o pensar en dejar de disfrutar de sus pasiones un solo instante. En realidad, fue gracias a estas cualidades que consiguió labrarse la buena fama de la que gozaba, a todos los niveles, entre los músicos. Como fue, debido a su sempiterno entusiasmo y su capacidad para empatizar con las más ralas personalidades y aglutinar voluntades, que su aportación puede ser considerada imprescindible no únicamente para la realización de determinados tours —las primeras giras europeas de Kiss y de Alice Cooper— o conciertos inolvidables —Pink Floyd en Pompeya, la primera maratón post-punk de Chicago— sino la de determinados discos clásicos de la música pop —Parallel Lines— y rock —Heaven and hell o Rising— del siglo XX.
La proximidad entre Austin y Nueva Orleans le permitió, además, familiarizarse con esta última ciudad donde trabajó como camarero en locales de conciertos y disfrutaría de recitales indómitos, salvajes, furiosos de buena parte de los mejores músicos de blues del momento. Debido a su diligencia, su ya mencionado entusiasmo y su capacidad de empatizar con los artistas, pronto, los miembros de aquellos míticos locales —Trails, Mofo, Ceremony— le encargaron una tarea más importante: recoger a los músicos que procedían de otras ciudades, acompañarles en su visita a Nueva Orleans o Austin y conseguir que se sintieran a gusto durante su estancia. Y, efectivamente, Lawrence no desaprovecharía la ocasión tal y como cientos de anécdotas —a cual más jugosa— que bañan los primeros capítulos de Mountain Songs ponen de manifiesto: desde cómo consiguió —una novia suya lo utilizaba— el jabón que Dizzy Gillespie solicitaba para bañarse o aquellas agujas de cloroformo en las que Charlie Parker gustaba de inyectarse heroína hasta cómo convenció a los dueños de un hotel que pintaran de rosa las paredes de una habitación, por expreso deseo de Duke Ellington.
En cualquier caso, no comenzó a sentir sensaciones extrañas hasta que no recogió a Jay Hawkins y su banda y los subió a su inmenso descapotable negro. El irreverente músico apenas hablaba. Y ante cualquiera de las indicaciones de Lawrence sobre tal o cual aspecto de la ciudad, del contrato que habían de firmar para realizar el concierto o las normas que debían seguirse para que el show funcionara a la perfección, no profería más que distintos monosílabos afirmativos o negativos. Y si bien, en principio, esto podía ser achacable al carácter más o menos introvertido del artista de Ohio y sus músicos, cuando estos le ofrecieron probar algunos de sus cigarrillos de marihuana o el bajista se quitó su cazadora militar, mostrando una camiseta interior que imitaba el traje de Superman, comprobó el motivo real de aquellos silencios y anómalos comportamientos: su excentricidad. Por ello, seguramente, no se sorprendió cuando, una hora antes de empezar el show, Hawkins le pidió que lo llevara a un río para tomar un baño pues necesitaba sentir el contacto con agua pura para poder destensar su garganta y parte de su cuerpo con vistas a ofrecer el recital. Muy al contrario, Lawrence actuó con su consabida mano izquierda. En unos minutos se presentó en el hotel de Hawkins y —sabiendo que era imposible discutir según qué temas con esta clase de músicos— lo condujo a toda velocidad al río más cercano. Allí, el artista se tomó su tiempo para efectuar sus rituales, que Lawrence respetó rigurosamente a pesar de que el retraso acumulado llegó a ser de más de una hora. Algo que llamó la atención del excéntrico músico, pues fue la madura actitud de aquel muchacho espigado, un tanto tímido y extremadamente amable, lo que convenció finalmente a Screamin’ Jay Hawkins a invitarle a unirse a su banda como manager; como, muy probablemente, lo que haría que llegara de extremadamente buen humor a la sala —en la que, por otra parte, sus acompañantes, acostumbrados a este tipo de desplantes, estaban alargando una vieja cantinela blues al infinito haciendo las delicias del público asistente— donde realizó finalmente un concierto que, según los asistentes, fue de una intensidad inaudita, se extendió durante más de tres horas y puede ser considerado histórico.
Por su privilegiada posición y su excelente conocimiento de las escenas musicales de las dos orillas, Lawrence se convirtió en el artífice de todo tipo de transferencias entre los dos monstruos musicales anglosajones. Si The Kinks confiaron en él para preparar su desembarco en tierras americanas, los hermanos Fogerty (Creedence Clearwater Revival) lo contactaron para que fuera el artífice de la campaña de publicidad de su disco Green River, con el que planeaban conquistar el Reino Unido, así como de la extensa gira diseñada para llevar a cabo tal deseo. Y, por supuesto, sus satánicas majestades, The Rolling Stones, confiaron en su saber hacer y consejos para determinados detalles puntuales —variaciones en los colores de las portadas, lanzamiento de uno u otro single, ciudades emblemas para comenzar una gira— que les aseguraron un éxito sin precedentes en Norteamérica. Por no hablar, claro, de los múltiples contactos que logró establecer entre músicos bop y pop de los que, en parte, se aprovecharía más tarde Franz Zappa para comenzar su intrigante e inclasificable aventura musical.
pintados de negro quedaban fijos en la pantalla del televisor durante casi 30 segundos; o que Kiss intervinieran en todo tipo de programas infantiles como si se tratara de unos nuevos muñecos o mascotas admiradas por los niños de la nueva era —llegó a lanzarse un álbum de cromos sobre sus andanzas— antes de aparecer en horario de máxima audiencia en el show de Andy Cragg tocando a todo volumen un incendiario Black Diamond y anunciando las fechas de su próxima gira. Consecuentemente, tanto David Gilmour como Roger Waters (Pink Floyd) a quienes “el hombre tranquilo” había conocido en la época en que actuaban en el UFO londinense, no dudaron en recurrir a él cuando —después de la sequía creativa que les había sobrevenido tras la marcha de Syd Barrett y un tanto descontentos con los resultados tanto de Meddle (1971) como de Obscured by Clouds (1972)— intentaban dar un nuevo enfoque a una carrera que, efectivamente, tendría en la propuesta de Lawrence de grabar un concierto en Pompeya un nuevo hito incontestable que anunciaba el futuro renacimiento de la banda inglesa con el disco The Dark Side of The Moon (1973). Como, igualmente, nada sería igual para Pharoah Sanders tras recibir uno de los útiles, hábiles consejos de Lawrence: contestar en rueda de prensa que la inspiración para la composición de varios de los mágicos solos de su clásico Karma (1969) le habían llegado en un viaje a la India tras arrojar al Ganges —por expreso deseo de su gurú— el saxofón con el que había aprendido a tocar.
Entre medias de todos estos trabajos, Lawrence tuvo tiempo de cumplir dos de sus sueños: pernoctar con un amplia gama de mujeres que caían seducidas ante su saber estar y su manejo de las formas sociales y montar un local de conciertos, Deadwood, en Austin que no cerraría hasta mediados de los 90 cuando se instaló definitivamente en nuestro país. Por allí, por supuesto, pasaron muchos de los músicos —Tom Waits, John Cougar Mellencamp, Tom Petty, John Hiatt— que escribirían la futura historia de la música norteamericana, cientos de músicos prometedores y veteranos y un sin fin de personajes —cómicos y actores— que vieron, en muchos casos, propulsada su carrera por el hecho de actuar en Deadwood. En concreto, hay un músico, Ronnie James Dio, cuya historia íntima está unida a la historia de este bar.
Para los anglosajones, señalaba Lawrence, el rock, en cierto sentido, siempre ha estado ahí desde mediados del siglo XX. Sea como una evolución o una reinterpretación del blues y del folk o una simplificación de las formas jazzísticas o las clásicas musicales, la semilla del rock se encuentra presente en muchas de las manifestaciones populares del pasado siglo. Y esto ha hecho que se puedan observar sus desarrollos y variaciones en su conjunto. Lo que supone, por ejemplo, que se pueda trazar sin problemas una línea recta —de la que ni siquiera se encuentra tan ajeno aquel Dylan que decidió conferir un toque eléctrico a sus composiciones acústicas— que va de las composiciones de The Who, Steppenwolf, Jimi Hendrix, The Doors o Humble Pie hasta las de Led Zeppelin, Kiss, Deep Purple, Black Sabbath y, finalmente, Deff Lepard, The Cult, Judas Priest, Saxon, L.A. Guns o Metallica, que es muy fácilmente visualizable. Tanto el heavy metal como el hard rock y el trash metal —como, hasta hace muy poco, el hardcore— tuvieron sus años de esplendor y eclosión en aquellas sociedades donde pudieron desarrollarse en libertad. Y no hay, en este sentido, diferencias abismales de consideración entre estilos como el dance y el hard-rock para el público salvo los que diferencian la buena de la mala música, pues se comprende que el soul —vía Sly and The Family Stone y George Clinton— puede desembocar en la música disco, funkie y derivados —Michael Jackson, Prince— como en la vía rockera —véanse determinados temas de Whitesnake—. Y se valoran al mismo nivel —siempre y cuando entren dentro de los particulares gustos del oyente— tanto los discos de Cinderella, Mötley Crüe o Black Crowes como los de Primal Scream, PIL, Sonic Youth, Pavement, Suicide o The Pixies que, en nuestro país, parecen estar en cajones separados y —esto es lo peor— excluyentes.
Pues bien, si alguien no estaba dispuesto a dejarse llevar por los prejuicios era “el hombre tranquilo”. Y por ello, seguramente no dudó en subrayar desde cualquier tribuna de opinión —llegó a escribir un artículo incontestable e inolvidable en Abc— la excelencia de una banda como Barón Rojo, de la que estaba totalmente enamorado; lo cual, por otra parte, no es de extrañar, pues si valoramos en su justa medida discos como En un lugar de la marcha (1985), Volumen brutal (1982) o Metalmorfosis (1983) y volvemos a escuchar baladas tan conmovedoras como ‘Siempre estás allí’, rocks frenéticos y audaces como ‘Larga vida al rock and roll’ o ‘Los rockeros van al infierno’ o, probablemente, uno de los más emotivos temas épicos compuestos en nuestro país, ‘Hijos de Caín’, convendremos en que probablemente Lawrence estaba acertado, tal y como ratificaron muchos de los fans ingleses y alemanes de la banda española, que no dudaron en llenar sus shows en las giras que ofrecieron en Europa en sus años de esplendor.
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