Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Hace más de un mes que murió David Bowie pero hasta hoy no lo había llorado. Eso sí, lo he hecho a lágrima viva, como si se hubiera muerto un gran amigo o una novia. Un requisito que creo que era necesario para escribir este texto sobre un artista cuyo paso a otro plano de la existencia ha sobrecogido al mundo porque siempre puso su talento en beneficio de la obra, nunca se situó por encima de sus seguidores y tuvo claro que el arte es, en esencia, magia pura, riesgo, delirio, fantasía. Destrucción de todas las barreras y fronteras. Un viaje en una alfombra mágica por mundos posibles e imposibles. De hecho, siempre afrontó la vida de manera instintiva y casi acaba con ella varias veces atraído por sus límites con la inconsciencia de los dementes, la inocencia de los niños o la osadía de los adolescentes.
Probablemente, Bowie logró escalar las altas cimas a las que llegó además por su talento porque nunca se consideró a sí mismo un adulto, jamás perdió la curiosidad y afrontó cada día como un milagro. Bendiciendo la oportunidad de seguir contemplando el lado oculto del sol reflejado en un espejo cruzado. Algo que ninguno de esos amargados que destrozaron un disco tan divertido y festivo como Never let me down, ignoraron su obra maestra Outside o despreciaron Earthling y su más que interesante aventura con Tin Machine, jamás entenderán. Tal vez por situarse a una distancia sideral de los artistas con el fin de no sentirse empequeñecidos por sus destellos. Una pose y actitud que con Bowie, desde luego, no tenía sentido porque si algún músico vivió para dar felicidad a sus seguidores, fue él. Razón por la que era rarísimo no verlo sonreír al moverse en el escenario como una marioneta convocando misterios, sortilegios y hechizos con cada una de sus miradas y teatrales pasos de baile.
En realidad, creo que considerar a Bowie únicamente como un músico lo limita. Porque la música como el cine o la pintura no eran más que medios de expresión de su líbido en expansión constante. Un ejemplo de las continuas mutaciones producidas por la cultura pop y la televisión. Más me agrada, de hecho, considerarlo un superhombre nitzscheano. Un marciano que comprendió que el espíritu es santo porque es creativo y por no respetar ley alguna. Y gracias a ello, pudo trazar una asombrosa discografía que no es posible explicar únicamente por su talento o inteligencia. Una obra que lo mismo me remite a Egipto que a la India, Mesopotamia o Persia puesto que, a pesar de ser radicalmente contemporánea, (una puerta llena de grietas mirando al futuro), también suena muy lejana y distante. Antigua y casi mítica. Seguramente, debido a que Bowie siempre vinculó los abismos del futuro, el mañana inimaginable, con los vestigios del pasado.
Discos como Hunky dory, Diamond dogs o Ziggy Stardust son, sí, reflejos del travestido mundo nacido en la era Acuario. Odas apocalípticas surgidas entre los vestigios del capitalismo tardío, la guerra fría y la carrera espacial. Osados e irónicos guiños nihilistas a la contracultura y a las sociedades post-hippies. Pero también son creaciones que me conducen a ciudades remotas. Cuando las escucho, puedo visualizarme perfectamente volando sobre una pirámide, caminando entre zigurats, dromedarios y hombres solitarios por urbes orientales llenas de mezquitas. Y lo mismo aparecen ante mí imágenes de panteras negras que de jirafas, elefantes o viejos reinos asiáticos en los que Bowie, pintado de amarillo y con un turbante en una cabeza, lee un cuento de Las 1001 noches a una princesa.
Soy contrario a los que piensan que los 80 es una década desperdiciada para el músico. El único pero que le pondría a Let’s dance o Never let me down es que no me llevan de viaje por fronteras perdidas. No me conducen a las calles de la ciudad de Fez o a un desierto de sal en medio de una galaxia lejana. Pero no se lo tengo en cuenta porque eso ya lo hicieron otras creaciones suyas como es el caso de The man who sold the world.
Durante la década de los 90, Bowie se dio el lujo de sacar dos discos sumamente brillantes, Black tie white noise y Earthling. El primero era una cálida e intrigante epopeya con aires de novela negra que lo mismo remitía a las series de misterio que a evanescentes paisajes orientales o a la alta cultura europea. Era una mirada de perfil a sus experimentaciones con el soul y los ritmos cálidos que ahondaba en sonidos distantes y bien perfilados para recoger la esencia de una nueva época fría, frágil e huidiza: la de la globalización. Y el segundo, era una corrosiva genialidad. Una adaptación al jungle de sus melodías clásicas realizada con actitud punk y visionaria. Una infecciosa combinación de composiciones que, en otros contextos, podrían haber ejercido perfectamente funciones de canciones de amor con la energía procedente del Drum and bass y las pistas de baile.
Bowie, sí, también dio a luz otras dos interesantes creaciones, The Budha of Suburbia y Hours, en el transcurso de aquel tiempo. Pero, ante todo, una aniquiladora obra de tintes expresionistas y futuristas que entiendo que es esencial para comprender el zeitgeist de Occidente tras la caída del muro de Berlín: Outside. Una excursión a psiquiátricos mentales. Un viaje por las montañas de la locura que, en realidad, era una investigación muy precisa de la psique del ser humano ante el reto por venir: el reino virtual. Internet. Ese mundo donde las relaciones sentimentales no son ya líquidas sino imaginarias y el detective siempre es el criminal. Aunque, además, la obra describía perfectamente el caos y el vértigo que se sentían por aquellos años ante el fin del siglo. Era una investigación sobre el canibalismo en las sociedades orwellianas. Esquizofrenia en estado puro. Un artefacto vanguardista en el que los músicos tocaban como terroristas, soldados vietnamitas escondidos en trincheras o lunáticos delirantes.
En fin, una absoluta maravilla que puso en su lugar a todos aquellos grupos que estaban comandando una década que parece mentira que haya que repetir una y mil veces que vivió y creció bajo la sombra de lo que él y Eno crearon en Berlín occidental. Y, sobre todo, demostró que Bowie no necesitaba ya ir por delante de las corrientes estéticas porque hacía tiempo que él era la moda. Y por consiguiente, tanto su creador como destructor.
¿Es necesario hablar de la muerte de Bowie o de Blackstar? El mundo entero ha sentido una conmoción como pocas veces se ha visto. Y, de alguna manera, todos sentimos el impacto de su impresionante despedida.
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