Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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¡El Jabato! ¡El jabato! ¡El jabato! ¡El jabato! ¡El jabato!¡Oh! ¡Ah! ¡El jabato! Un héroe que no envejece. ¡Oh! ¡Ah! Un hombre que agarra la espada con la fuerza de un toro. Se desplaza con la agilidad de un lince. Y es astuto y osado para superar cualquier prueba y encerrona. Ningún romano podrá apresarlo. Restarle vitalidad. Como tampoco podrá hacerlo ninguna orden secreta o animal salvaje. ¡Oh! ¡Ah! Porque el jabato es una fiera. Es una roca. Un guerrero que no se rinde ni fatiga. Ni conoce la derrota. Vive luchando. ¡Oh! ¡Ah! Sin miedo a morir. Pero también sin reglas ni más normas que las que le dicte el corazón.
En cualquier caso, pocos momentos tan mágicos como acariciar un cómic de El jabato. Pensando que, ¡oh! ¡ah!, ese hombre es invencible. Es capaz de convertirse en una fiera. Rugir como un tigre y amar sin comprometerse. Es un nómada, un desterrado que, sin embargo, será el monarca de un exótico reino en el porvenir. Tendrá una efigie en la selva y caminará a cuatro patas por los ríos como una pantera. Será compañero de el hombre enmascarado y ambos erigirán una república en la selva donde el pan y los peces, y también vinagre y manzanas, se repartirán entre todos sus habitantes. Y aún así no habrá paz. Porque para los hombres como el jabato, el reposo no existe. Deben luchar contra cartagineses y romanos. Contradecir a Espartaco el tracio y Julio César. Oponer su espada a la de Aníbal y su orgullo al ego envanecido de Nerón. Y su destino es desafiar a los dioses. Porque los héroes como el jabato, ¡oh! ¡ah! son inmortales. Eternos. Como la memoria de los faraones egipcios. Los hombres que invirtieron su fortuna para alistarse en las cruzadas. Los guerreros que murieron defendiendo Constantinopla. Los antiguos leprosos. Los hambrientos arrojados en las esquinas de Troya. Black Sabbath realizando un concierto en un castillo repleto de cruces gamadas envueltas en círculos de fuego rojo. Los caballeros de la tabla redonda bebiendo vino vigilados por enormes arañas. Un sueño de Alan Moore y una pesadilla de Aleister Crowley. O el mago Merlín realizando un conjuro mientras cae por las grietas del suelo levantado tras un terremoto.
Aunque,
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