Javier Corcobado: el bolero afilado
Que el arte salva vidas es una evidencia al menos para mí. No sé si yo estaría todavía en este planeta de no haber leído Crimen y castigo en el...

La extrañeza del disco, su magnetismo no se ha perdido con el paso de los años. Al contrario, me parece que -como le ocurre a ciertos relatos de Nikolái Gógol- se ha hecho más evidente. Pues nos encontramos ante un continente artístico que bebe y pica de todos los tiempos. Se encuentra por supuesto que en el futuro, siglos más allá de su época, pero también respira en períodos anteriores. Alimentándose de la confusión, la sensación de ocaso que emergía durante la guerra fría para reflejar un mundo travestido por el que se mueven superhéroes, artistas derrotados, capitalistas que venden su alma para incrementar su fortuna, jóvenes que a pesar de haber dejado la adolescencia hace años siguen sin encontrarse a sí mismos y artistas que deben refugiarse en manicomios para ser comprendidos.
Supongo que si a Bowie se le preguntara si era consciente de estar retratando, en cierto modo, esa ambigüedad y caos propio de la era de la globalización, respondería que no. Pero a fé que lo consiguió. Hay muchos matices y detalles de la misma que refleja el disco. Desde la indefinición sexual hasta el deseo de acabar con las fronteras. Y por supuesto que el pesimismo nuclear y el ambiente de ciencia-ficción se encuentran presentes. Porque, al fin y al cabo, The man who sold the world es un disco crepuscular. Un retrato muy certero del fin del sueño hippy que David no terminaría de desarrollar hasta el también fabuloso Diamond dogs. Esa pesadillesca obra que une a Foucault con Orwell y Burroughs en un ambiente devastador, repleto de mutantes y seres sin esperanza que, a pesar de su carácter arisco, posee la virtud de conseguir hacernos bailar. Shalam
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