Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Suicide huele a peligro por todo los costados. A locura y la psicosis de un vagabundo que no puede pagarse un analista. Es un mantra esquizofrénico que se retuerce en los oídos como el veneno de una tarántula. Una especie de conga destructiva que aniquila a quien la baile, salte o intente seguir su ritmo. Es semen cayendo siempre en el lugar equivocado o donde menos se lo espera. La banda sonora de una película muda de horror repleta de monstruos. Una violación sonora. Cientos de cristales rompiéndose en los oídos sin misericordia, con una fuerza y nihilismo que no se habían visto desde que Lou Reed le dio por hacerse el autista y vengarse del mundo con su Metal machine Music.
Esta metralleta sonora lo mismo pudo brotar de una nebulosa negra dadaísta que de un guitarrazo perdido de Fran Zappa o del esqueleto de Jimi Hendrix. ¿Quién lo sabe? Porque al disco sólo le falta un saxo desencajado de Charlie Parker u Ornette Coleman para que se autodestruya mientras lo escuchamos. De hecho, ni Alan Vega ni Martin Rev parecían estar en su cabales cuando lo grabaron. Eran dementes. Nocturnos seres que hubieran podido encajar perfectamente en una película de Dario Argento. Perros rabiosos a los que no les importaba construir nada. Únicamente se encontraban interesados en aumentar el nivel de sonido de sus instrumentos para mostrar el odio que les ardía en el cuerpo con la mayor fuerza e intensidad. Parecían, sí, demonios complacidos, o más bien aliviados, de poder arrojar un vómito al escenario, salpicando de paso al público. Shalam
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