Con la camisa partía
En el año 1989 Camarón de la Isla publicó Yo soy gitano. El disco más vendido de la historia del flamenco. El tema que lo abría y que le daba título...
El actor italiano era un coloso. El rostro de la cultura europea. El alma de Italia. El representante de todo un estilo de vida. Sobre sus hombros reposaba el aliento de sastres renacentistas, poetas barrocos y pintores callejeros. El espíritu aristocrático del arte, el aliento bufonesco del pueblo y el carisma latino. El emblema del Mediterráneo. Marcelo transmitía dulzura y sensibilidad sin dejar de ser firme. Era un simpático vividor pero también un trabajador infatigable. Un símbolo del viejo continente. De la eternidad. Todos los grandes directores sentían que era un privilegio trabajar con él. Transmitía melancolía y vitalidad. Había protagonizado varias obras maestras. Parecía fluir en sus venas la sangre de Marco Polo y Casanova. La de los viejos actores de la Comedia del arte. La estirpe inmortal. E, ingenuo de mí, esperaba que se programara un ciclo en televisión o algún documental dedicado a su figura. Sin embargo, ni la prensa ni los telediarios españoles se hicieron excesivo eco de la noticia. Los reportajes fueron realmente exiguos. Parecía que citar el nombre de Marcelo era más una molestia que un honor. De hecho, en uno de ellos, el presentador despachó el tema con frialdad absoluta. «Sí, ha muerto un buen actor pero la vida sigue», dijo, e inmediatamente, dio paso a la publicidad. En fin. Shalam
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