El desierto rojo (2)
Dejo a continuación el segundo avería dedicado a El desierto rojo, el filme de Antonioni. Quien desee por cierto leer el primero lo puede hacer...
Tanto Robert Rossen como el guionista Sidney Carroll fueron bastante fieles al libro de Walter Tevis aunque realizaron varias modificaciones que convirtieron su filme en aún más duro y triste de lo que lo era inicialmente. Por ejemplo, en la novela de Tevis la historia de amor entre Eddie Felson y Sarah no acaba en tragedia. El pícaro jugador de billar no viaja con ella a enfrentarse al aristócrata francés y cuando regresa victorioso es recibido con agrado y sorpresa con ella. De hecho, recibe su impulso antes de enfrentarse y derrotar finalmente al Gordo de Minessota. Por otra parte, Bert Gordon no es ni por asomo tan malévolo ni hostil. En el relato de Tevis, Bert es la voz de la verdad. Quien pone a Eddie entre la espada y la pared y le muestra con exactitud el mundo donde se encuentra. En esencia, es un manager ambicioso pero no necesariamente diabólico. Es la voz del capitalismo. El analista feroz que apuesta siempre a caballo ganador. El látigo que golpea la moral de sus subalterno obligándole a crecerse. A superarse. Pero no ese sátiro odioso, ese mafioso impenitente, que nos muestra Rossen capaz de provocar el suicidio de una mujer para lograr sus fines.
En realidad, la novela de Tevis es una parábola sobre el capitalismo. Una novela de aprendizaje donde asistimos a la transformación en triunfador de un vividor con un increíble talento. Sin embargo, la película de Rossen es absolutamente descorazonadora. Es parecida a una de esas nocturnas canciones de Leonard Cohen ideales para escuchar de madrugada. Un whisky solo sin hielo. Es una melodía oscura interpretada por Charlie Parker en un bar de mala muerte. Una fábula sobre la inmoralidad en que la que no existen triunfadores ni perdedores e impera la corrupción que Rossen filmó con el pulso de un cineasta norteamericano y el espíritu de uno francés. Hay algo de hecho tanto de Robert Bresson como de Albert Camus y Jean Pierre Melville en el estilo cinematográfico de El buscavidas. Una película tan árida que creo que le encaja como el guante el calificativo de existencialista. Pues, en esencia, el billar es únicamente la excusa para mostrar la tremenda soledad del ser humano. El padecimiento cotidiano. Shalam
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