La nueva alma
Ayer volví a ver Videodrome; una oscura llaga, un corrosivo vicio, casi un labio calcinado. Una locura esquizoide que, pocos años después de su...
No obstante, Nolan posee un talento inmenso. Descomunal. De hecho, su trilogía sobre Batman no es únicamente maravillosa sino lo que sigue. Es una obra maestra -en este caso, sí- de alcances incalculables. Un trío de películas misteriosas y rotundas de contornos salvajes. Algo que me sugiere que Nolan necesita riendas que lo sujeten. Que hay que atarlo en corto. Por ejemplo, con un guión preciso o un personaje con el que no pueda hacer absolutamente todo lo que desee porque sus fans no se lo van a permitir. Y van a hacer estallar internet con insultos y amenazas si se sobrepasa.
Dunquerque -y en este caso la comparación no está hecha más que para enaltecer a Nolan- es una película bélica a la altura de Kubrick. Un estado de ánimo. Un film que capta el miedo de los soldados a morir como muy pocos. Y por supuesto, escarba también en la esquizofrenia y la locura que provocan los estallidos de bombas y metralla.
Nolan además, comete un gran acierto. Al centrarse en varios caracteres y poner diferenciados rostros a la masa de soldados, logra que empaticemos con su dolor. Y que, aunque sepamos cómo terminó el intenso acontecimiento bélico, estemos tensos hasta el último momento, puesto que cualquiera de los personajes que seguimos puede morir o caer en las garras del enemigo. Consigue, sí, que el destino de todos los combatientes nos importe por igual filmando de manera fría, cerebral y despiadada una batalla que es una ejemplificación eficaz de aquella frase borgeana de reminiscencias platónicas: «cualquier hombre es todos los hombres».
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