El engendro
Según creo, cuando rodó The prophecy a finales de los 70, John Frankenheimer tenía problemas con el alcohol. Y no me extraña. En realidad, The...
No obstante, Nolan posee un talento inmenso. Descomunal. De hecho, su trilogía sobre Batman no es únicamente maravillosa sino lo que sigue. Es una obra maestra -en este caso, sí- de alcances incalculables. Un trío de películas misteriosas y rotundas de contornos salvajes. Algo que me sugiere que Nolan necesita riendas que lo sujeten. Que hay que atarlo en corto. Por ejemplo, con un guión preciso o un personaje con el que no pueda hacer absolutamente todo lo que desee porque sus fans no se lo van a permitir. Y van a hacer estallar internet con insultos y amenazas si se sobrepasa.
Dunquerque -y en este caso la comparación no está hecha más que para enaltecer a Nolan- es una película bélica a la altura de Kubrick. Un estado de ánimo. Un film que capta el miedo de los soldados a morir como muy pocos. Y por supuesto, escarba también en la esquizofrenia y la locura que provocan los estallidos de bombas y metralla.
Nolan además, comete un gran acierto. Al centrarse en varios caracteres y poner diferenciados rostros a la masa de soldados, logra que empaticemos con su dolor. Y que, aunque sepamos cómo terminó el intenso acontecimiento bélico, estemos tensos hasta el último momento, puesto que cualquiera de los personajes que seguimos puede morir o caer en las garras del enemigo. Consigue, sí, que el destino de todos los combatientes nos importe por igual filmando de manera fría, cerebral y despiadada una batalla que es una ejemplificación eficaz de aquella frase borgeana de reminiscencias platónicas: «cualquier hombre es todos los hombres».
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