Ayer volví a ver Videodrome; una oscura llaga, un corrosivo vicio, casi un labio calcinado. Una locura esquizoide que, pocos años después de su estreno, olía a profecía bíblica y, hoy en día, es más real que nuestra propia realidad. Lo que se cuenta en Videodrome forma parte de nuestro paisaje cotidiano hasta tal punto que el filme de Cronenberg puede visualizarse casi más como un documental que como una obra creativa. Lo que cuenta ha pasado, continúa pasando. Yo, tú, todos somos la nueva carne.
Obviamente, Videodrome captó mi atención desde el primer instante. En cuanto contemplé el sucio, rutinario televisor que aparece en la pantalla y a la secretaria de Max Renn (el personaje interpretado por James Woods) animándole a despertarse, ya no pude apartar mi vista de lo que allí transcurría.

Como siempre, cada revisión de un clásico (y, a estas alturas, Videodrome lo es) nos lleva a fijarnos en un aspecto u otro de la obra que hasta entonces no habíamos calibrado bien. En este caso concreto, lo que me sedujo, lo que me fascinó del filme es su ambiente turbio. Quiero aclarar que no me refiero tanto a la temática, sino a la atmósfera, a los decorados sucios y casi carnosos, desangelados, apagados y al mismo tiempo viscosos, carentes de todo atractivo. Escenarios mal iluminados (a propósito), parecidos a una chaqueta de cuero gris, medio gastada, o a un cigarrillo a mitad de consumirse que deja un rastro de nicotina y de humo vacío.
Existe una diferencia enorme entre los escenarios de un filme como Videodrome y los de otro como Desafío total (1990). Paul Verhoeven es un gamberro, un anarquista de la imagen tirando bombas por aquí y por allá en medio de Hollywood. Lo que hizo con Starship Troopers no es aún valorable. Fue una bestialidad. Verhoeven subvirtió y se rió a carcajadas de los tópicos tanto del cine de ciencia ficción como del bélico. Se burló del público tipo que podía sentirse atraído por un filme como Starship Troopers. Y, claro, también se descojonó de los intelectuales que estaban preparados para criticar su posible paso en falso.

Ocurre que, guste más o menos, Verhoeven se encuentra integrado dentro de una maquinaria. Era un grano en el culo de esa maquinaria, sí, pero para lograr publicar sus ácidas, sarcásticas películas tuvo que ceder en algún punto, pactar. Eso hace que, por ejemplo, a pesar de su alucinante comienzo muy serie B, Desafío total tenga una factura y un acabado casi perfectos, o al menos lo suficientemente buenos y profesionales como para anestesiar parte del sinsentido sugerido por la trama y, por tanto, no termine de provocar ese malestar, esa especie de ansiosa y asquerosa angustia que sí transmiten las turbias, molestas imágenes de Videodrome.
Con el tiempo, no pasarían muchos años (apenas tres o cuatro), Cronenberg se profesionalizó. Se convirtió en un estilista de la imagen. Embelleció el horror, salvo en ocasiones muy puntuales como esa lisérgica y deliciosa plastilina llamada eXistenZ. Algo que, no nos engañemos, restó veneno y locura maliciosa a su cine. Pero todavía, cuando rodó Videodrome, Cronenberg se movía en un territorio difuso, marcado por cierto reconocimiento crítico pero también por bajos presupuestos. Algo que, como siempre ocurre con los genios, no se convirtió en un obstáculo, sino en una grieta abierta para lograr transmitir con mayor autenticidad aquello que se pretendía mostrar en la pantalla.

Eso mismo ocurre con Videodrome. En realidad, la atmósfera del filme es casi más perturbadora e infecciosa que su temática o que el canal de televisión Videodrome, cuya presencia llega a ser tan obsesiva (casi absorbente) como la de los agujeros negros en la imagen de nuestra galaxia. En la primera escena, por ejemplo, me resultan tan inquietantes la silueta de la muchacha en la televisión como el traje que lleva o su peinado. Igualmente, los trozos de la pizza del día anterior que hay en una caja de cartón medio sucia en el apartamento de Max Renn me transmiten más violencia y sensación de asco que la propia mirada del protagonista o que sus diálogos, planos, vacíos, sin empatía con sus interlocutores o sus comentarios sobre la audiencia de su canal de televisión.

Eso es lo que me ha impactado del filme en este visionado. No cabe duda de que Videodrome es una película que no pacta con el espectador medio. Cualquier despistado queda fuera de juego al momento de verla. Eso siempre lo he tenido claro. Pero nunca, como hasta este visionado, he comprendido que Cronenberg logra ese efecto no solo por la clarividente temática, digna del más lúcido ensayo de Jean Baudrillard, sino por, repito, la atmósfera, los detalles, la rugosidad de la imagen, la vestimenta átona, casi sin sustancia de la mayoría de personajes.
De hecho, el director canadiense logra que tengamos la sensación de no estar viendo cine, sino precisamente un programa de televisión de madrugada. Su película no parece una película, sino televisión, y eso es lo que la hace profundamente repulsiva y magnética a la vez. Eso es lo que consigue que nos la creamos, que habitemos dentro de ella en cada ocasión que la contemplamos, sin tal vez más expectativas que las que tenemos cuando pulsamos a reproducir vídeos sin sentido, feos, casi grotescos, superficiales de TikTok o transitamos canales porno en madrugadas en las que no alcanzamos a dormir.

En realidad, la primera media hora de Videodrome se sostiene sobre todo por esa atmósfera, por esa difusa sensación de no saber qué coño estamos viendo. Luego, el programa Videodrome toma el control. Nos convierte en sus esclavos a nosotros y a los personajes del filme. Pero esos primeros minutos (además de por la magnética presencia de Debbie Harry y su vestido rojo) se sostienen por esos detalles: el programa de porno soft japonés (que subvierte las imágenes tradicionales del país nipón y las sentidas escenas de algunos filmes de Ozu), un café situado en un extrarradio o un no-lugar decorado como una cafetería de Marrakech en el que una bailarina desfila al compás de música árabe, o el físico y la vestimenta de unos secundarios que parecen sacados de la barra de un bar de un puticlub barato, etc.

Videodrome funciona precisamente por estos detalles que una producción más elevada hubiera atenuado. Por eso es una obra irrepetible. Porque cualquier tentación de homenajearla o imitarla sería impotente para captar estos detalles que el cine industrial suele dejar fuera de cámara.
Videodrome es aún una bomba atómica, un cáncer en el cine porque su fealdad no posee redención. Porque no contempla espacios de culpa, perdón o pecado. Videodrome es una bomba nihilista. Su ética es la de la tecnología y el porno. Su estética, la del insomnio, rancio y vulgar.
Las imágenes de Videodrome son desangeladas y por eso conmocionan. Incluso los golpes de efecto, los suicidios, los asesinatos, los actos de sadomasoquismo son parecidos a ecos de voces en una habitación fría y oscura, a masturbaciones solitarias. No son catárticos. Más bien son anticlimáticos y es por eso mismo por lo que acaban impactando. Porque imponen una nueva lógica, una nueva manera de sentir y pensar.
Videodrome convence precisamente porque, más que una película, parece un desecho y, aunque haya dado lugar a decenas de reflexiones y ensayos, ataca lo emocional. Pero lo hace provocando sensaciones que no tienen tanto que ver con la euforia, el odio o la tristeza, sino con la confusión y el vacío.
El filme de Cronenberg expone sin ambages una Buena Nueva, más bien una certeza: ya no hay almas. Solo tecnología. La tecnología no es, de hecho, la nueva carne. Es el nuevo alma. La IA va a acabar follándose al mundo. ¡Larga vida a la nueva alma! Shalam
كل شخص ساحة معركة
Cada persona es un campo de batalla





1imagen…lo primero cesarea (vertical)….lo segundo la continuidad imposible de ver (antebrazo)….
2imagen…que remedio (cara) tengo a mi derecha un monton de herraduras (en el cuadro)…..
3imagen….este crustraceo tiene los ojos verdes….
4imagen…parece seguro que la cabeza reposada de samumi dreams esta sampleada de las de constantin brancusi (estas de oro)
5imagen…perfecta de dos en dos (las cortezas mordidas de la pizza y el bloque de souvenirs-fotos del fantasma de la libertad)….
6imagen…el primo hermano de muamar el gadafi (no se por que
el diseño de la cortina)…..
7imagen…danza de los 7 velos en la fragua…..
8imagen… principio de placer (ser otro individuo)….(japon)
PD…man next door…massive attack….
https://www.youtube.com/watch?v=OgrTSszC-qs&list=RDOgrTSszC-qs&start_radio=1
1) La zona azul. Monstruo catódico. 2) Pesadilla en Elm Street. ¡Despierta pero mejor no despiertes! 3) Aliens el regreso sin Aliens ni Ripley. ¡Larga vida al Imperio Americano! ¡Ja! 4) Mundo erótico. Berlanga. Dark web. Jilgueros ligando ante el espectador. 5) ¿Qué costaría esa pizza en su momento? ¿3, 4 dolares? De refilón el horrible pijama a rayas de Wood. 6) El primero que cae en la batalla cuando Bruce Lee descubre a los malos y entra en la guarida del jefe. Masburbador vación. 7) El kitsch árabe invadiendo los no-lugares. El embrujo de Shangai. 8) El imperio de los sentidos. Foto que ilustra un ensayo sobre el filme japonés. Nagisa Oshima PD: este disco es muy bueno pero hubo algo en él que me sonó demasiado forzado cuando apareció. Me gusta pero me carga. Me quedo con los dos primeros. «Protection». https://www.youtube.com/watch?v=Epgo8ixX6Wo