Yo necesito amor
Me alegro de no haberme cruzado con Klaus Kinski ni una sola vez en mi vida. Sé que no hubiera sido una experiencia agradable y si el titán germano...
En verdad, teniendo en cuenta el diluvio torrencial que está actualmente cayendo, resulta difícil no empatizar con los personajes retratados por Gus Van Sant. Caballeros que surcan los parajes del purgatorio, (una deshumanizada América), en busca del fármaco o droga adecuada (el ansiado Santo Grial) con el que experimentar una u otra sensación. O, más bien, ansiando olvidarse de sí mismos con el fin de aspirar a una suerte de experiencia mística que consiga librarlos, rescatarlos del tedio cotidiano. Los habituales, repetitivos ciclos consumistas y los vaivenes del comercio entre los que vive enterrada una sociedad donde no es posible acceder a una experiencia de lo sagrado. Lo que explica y justifica, en cierto sentido, sus intensas, recurrentes adicciones.
Creo que Drugstore cowboy no era una película cuyo tema central fueran las drogas. Porque los narcóticos no eran más que una excusa para realizar un retrato de la cada vez más acuciante pérdida de sentido y libertades en el mundo contemporáneo. Basta con volver a escuchar las premoniciones y discursos emitidos por el personaje interpretado por William S. Burroughs para ratificarlo. Drugstore Cowboy era una oda al vacío y al absurdo. Un retrato de América justo antes del suicidio de Kurt Cobain y, por tanto, su conversión definitiva en esa cárcel cuyas rejas, no obstante, no terminarían de cerrarse hasta el 11 de septiembre de 2001.
Drugstore Cowboy, en definitiva, sí, nos hablaba del ocaso de la libertad. La muerte del jazz destructivo, el swing y la América que todavía pervivía aun a duras penas en recintos libertarios durante los años 70. De hecho, era un retrato de la dictadura futura. Un paréntesis previo al fin. Ciencia ficción realista. Una prueba de que ni los yonkies ni los rockeros podían ya molestar al poder puesto que se estaba preparando su absoluta defunción. Y de que, en el futuro, la mayoría de ciudadanos con cierta conciencia y honestidad se verían condenados a vivir en el margen, siempre y cuando -claro- fuesen capaces de negarse a inyectarse un pico de heroína más. Shalam
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