In the court of the Crimson King
Existe algo fascinante en el primer disco de King Crinsom, el célebre In the court of the Crimson King, y creo que radica en que es impredecible y...
El doom metal anhela la oscuridad de los bosques medievales. El salvajismo del vino y la poesía que se recitaba en las aldeas. Desearía que los seres humanos danzaran entre el fuego y escucharan aún leyendas sobre brujas viviendo en cuevas. Que la luna fuera siempre llena y el sol calentara hasta la extenuación.
El doom metal refleja el tremendo sufrimiento experimentado por los hombres debido al opresivo aislamiento cotidiano. Sus músicos desearían retornar al tiempo de las tribus. Aquel mundo donde el colectivo primaba sobre el individuo y el barro y el cáliz sagrado se confundían en ceremonias públicas en las que sacerdotes, campesinos y caballeros danzaban juntos de la mano. No obstante, la potencia de este estilo musical es tal que no se contenta con hundirse en los lagos, guerrear entre el barro o intentar capturar la fortaleza de los antiguos reinos boscosos o las ruinas del Imperio bizantino sino que va mucho más allá. Vislumbra los acantilados que hay en los helados dominios de la muerte y por momentos, rompe el muro que separa esta vida de la otra. La eternidad de la instantaneidad.
Existe una esa esencia, una substancia que todos sabemos (aunque no alcancemos a definirla) que el ser humano ha perdido en el tránsito del mundo antiguo al moderno y que intenta recuperar el doom metal. Y lo mejor es que lo hace de forma inconsciente. Probablemente ninguno de sus músicos se han propuesto tal objetivo pero la mayoría logran hacernos rememorar frondosos y ancestrales pastos y tabernas en cuanto golpean sus guitarras con su habitual contundencia. Logrando un caótico mejunje de furia y nostalgia que, como los grandes mensajes espirituales, prevalece. Trasciende. Se impone al paso del tiempo y a la molesta estulticia y avaricia de los tiempos modernos. Shalam
0 comentarios