El hombre en el castillo
Hace unos días estuve disfrutando de algunas películas (Eduardo Manostijeras, Mars Attacks! y Sleepy Hollow) del primer Tim Burton. En todas hay...
Depredador es cine de acción intenso y simple. Bien ejecutado. Una película que da para un debate. No tanto sobre lo que ofrece que, a grandes rasgos, es violencia fascinante y horror malsano sino sobre el cine de acción. Un género que está demasiado encasillado. Es demasiado previsible. No acostumbra a romper sus moldes ni sus límites sino que se precipita en ellos. Lo que acaba generando aburrimiento. Una sensación de estafa.
Vivimos en la sociedad del ocio pero, paradójicamente, el entretenimiento está muy mal visto. Tanto a veces como el deporte. Tal vez porque tanto los actores fetiche del género acción y aventuras como los deportistas nos recuerdan a los niños. Desean imponerse en vida contra el ocaso aunque su fracaso es seguro. Y los intelectuales por lo general, viven obsesionados con la idea del fin. Son incapaces de golpear con fuerza en la vida. Son esclavos de la realidad a la que intentan suplantar, engañar a través de la reflexión. La imaginación. Pero tanto las creaciones más aparentemente inanes como los deportes más obscenos o las novelas más complejas surgen al menos en primera instancia, del tiempo que no existe, que no se encuentra programado: el desechado. Lo que indica que tienen más en común de lo que pudiera parecer. Que son actividades, creaciones a través de las que el ser humano explora el mundo. Y que lo que importa básicamente es ejecutarlas con toda la grandeza que sea posible. Bien como si la muerte no existiera, bien como si fuéramos a morir ahora mismo. Shalam
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