Wimbledon Green
Seth -pseudónimo de Gregory Gallant- es el Cary Grant del cómic moderno. Afronta con elegancia y gracia cualquier historia de la que se ocupa. Abrir...
Robert Crumb es tal vez el más peculiar de los autores de cómic underground norteamericanos. El que mejor ha continuado la sátira de revistas como MAD. De hecho, el gran mérito de este oriundo de Filadelfia es haber caricaturizado la era hippie y toda la ola de amor y paz surgida de los 60. Ciertamente, ese es uno de sus grandes logros: atacar y descojonarse con la misma virulencia del consumismo que del hippismo. Realizar sátiras llenas de bilis y testosterona macarra tanto de la cultura oficial como de la contracultura de la que se convirtió en un referente a partir del éxito de Zap Comix y otras publicaciones como East Village Other u Oz. Porque lo fácil era atacar al ciudadano medio que consumía Coca-Cola, televisión y se endeudaba de por vida para disfrutar de una casa con jardín y un automóvil gigantesco. Pero mucho más valiente era destripar y analizar corrosivamente la cultura de la marihuana. A todos esos jóvenes que se colgaban del ácido y las guitarras, pregonaban el sexo libre y estaban convencidos de protagonizar una revolución gracias a la que el cielo bajaría a la tierra. Y hacerlo además con tanta virulencia e inteligencia que, en vez de ser denigrado y atacado, Crumb terminó convirtiéndose en un icono del rock hasta el punto de que Janis Joplin y su banda le contrataron para que diseñara una de sus más célebres portadas. Y los Rolling Stones le persiguieron sin éxito durante su retiro en una granja para que colaborara con ellos.
Robert Crumb es una mezcla atípica entre el blues y el punk en el mundo del cómic. Entre el no future y la nostalgia por el mundo rural y tradicional norteamericano. Sus viñetas son más lúbricas y sucias que cualquier Playboy porque son reales. Muestran al americano vulgar que puebla las ciudades y pueblos e inunda los festivales de música sin magnificarlo pero celebrando su existencia. Y sobre todo, su sexualidad. Una sexualidad sin control y degradada que prevalece sobre cualquier tipo de moral y es mostrada sin ningún tipo de censura o miedo y con la suficiente acidez para convertir a sus cómics (voluntariamente o no) en una prueba de que el sexo libre no soluciona nada. Tan sólo los deseos primarios. Y tal vez hasta pudo ser una treta para dividir aún más la sociedad. Porque el sexo en Crumb en ningún momento es amable y liberador. Es bestial. Brutal. Feroz. Lúbrico, masturbatorio y antiestético hasta el punto de que no sólo ha recibido ataques de las feministas y los habituales abanderados de la moral sino de los frecuentes consumidores de pornografía sofisticada. Pues en gran medida es un muestrario de perversiones y debilidades como pocas veces se ha visto en el mundo del arte. Un pesadilla para cualquier sociedad -sea conservadora o liberal-.
Crumb es el artista casual y autista. Alguien que vive en su mundo, intentando ordenar sus traumas y vivencias y es factible imaginar feliz mientras escucha música de hace prácticamente un siglo, de cuyas anécdotas y deseos Freud hubiera sacado material para unos cuantos ensayos. Es, sí, un cruce entre Russ Meyer y el Woody Allen más disparatado y neurótico (el de la primera etapa) que además creó una serie de personajes que son símbolos feroces de su época.
No obstante, el mejor y más conseguido personaje de Crumb es él mismo. De hecho, soy de los que piensan que, de no haber expuesto su verdadero yo en sus obras, no se habría acabado convirtiendo en un icono cuyas andanzas son referencia ineludible por ejemplo para la eclosión de bombas nihilistas y divertidas del cariz del Odio de Peter Bagge. Sobre todo, porque si Crumb no tiene con alguien piedad es consigo mismo. Pocos autores han llegado a retratarse de hecho con tanta frontalidad, exponiendo sus más oscuras tentaciones y pasajes autobiográficos sin importarles en absoluto ser quemados en la hoguera pública. Tal vez esto -además de sus maravillosos retratos de viejos bluesmen- sea lo mejor de su obra. La radicalidad con la que expone sus experiencias y deseos sin miedo a quedar ridiculizado. La sinceridad con la que narra la vida de un joven desnortado y un tanto idealista e inocente que se encontraba completamente obsesionado por las piernas y senos de las mujeres, hasta el punto de no poder llevar a cabo ocupación alguna. La crueldad y simpatía con la que describe las decenas de rechazos que sufrió cuando era un muchacho fascinado por el ácido y cómo la llegada del éxito, lo convirtió por arte de magia en tentación de todas esas féminas (a quienes retrató sin piedad, recato y rubor alguno) a las que había seguido por las calles con la lengua fuera como un perro.
Crumb es un caso único. Alguien elegante y sucio. Un artista transgresor pero también tradicional. Uno de esos escasos salidos que no provocan rechazo porque fue capaz de mostrar con absoluta rotundidad cómo la testosterona se imponía a su intelecto. Un hombre incontrolable que no obstante, transmite una imagen de tranquilidad y sabiduría nada calculadas y que probablemente son producto de haber hecho lo que le daba la gana en todo momento. De haber puesto en primer lugar su criterio antes que el de la industria.
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