La casa de la bruja
Es un lugar común afirmar que si bien la imaginación de H.P. Lovecraft era portentosa, su estilo literario era muy parco. Casi escuálido. Y también...

Intentaré, en cualquier caso, clarificar mejor las circunstancias en las que lo descubrí. Era el principio de una semana de junio en la que, como de costumbre, hacía un calor intenso y despiadado en la ciudad de Cartagena y debía examinarme de física y química a finales de la misma. Por lo que en el salón de estar de mi hogar, sobre una mesa camilla marrón, se encontraban los cuadernos repletos de apuntes que debía repasar una y otra vez para tener garantías de examinarme con éxito. Pero pareciera que el destino tuviera otro plan fijado para mí pues, por algún oscuro motivo, me llamó la atención un libro con pastas blancas que había pertenecido a mi padre que, en principio y sin otra expectativa que el deseo de matar el tedio, decidí abrir. Lo que supuso que, sí, todo cambiara para siempre. Pues me sentí tan absorbido por su lectura que por primera vez en mi vida no me presenté a un examen tras haberlo acabado casi llorando y realmente emocionado. Tanto me marcó que me dije a mí mismo que no deseaba ni necesitaba más de la escuela. Que me bastaba con la literatura y en concreto, ese libro para saber todo lo que necesitaba del corazón de los seres humanos.
Tanto es, de hecho, el respeto, la admiración y adoración que tengo a la novela que no he vuelto a releerla hasta hace unos días en que cometí el sacrilegio de asomarme a varias de sus páginas pues necesitaba cierta información para componer una escena de Ruido del arte. Y, ¿qué puedo decir? Volví a sentirme en trance. A conectar de forma instintiva con la narración. Y eso a pesar de que sólo leí unas páginas y que aparentemente, las descripciones que se realizaban en ellas de los recorridos del harapiento Raskólnikov por las calles de San Petersburgo podían ser comparadas (dada mi experiencia actual) sin ningún problema con las de otros libros suyos como Memorias del subsuelo o alguno de Mijaíl Bulgákov o Antón Chéjov. No obstante, sólo me bastaron unos minutos para sentirme transportado y entender que la literatura es una misión, un mandato y un mensaje casi divino. Y que quienes no hayan leído al escritor ruso, el penetrante visionario de las cloacas e infiernos de la psique humana, tienen una falla terrible en su conocimiento.
No tengo mucho más que añadir. Supongo que mis palabras han dejado muy claro lo que siento y experimento con esta novela. La cual deseo aclarar que no recomendaría a nadie porque pienso que es uno de esos textos que hieden y hieren. Una vivencia salvaje que raya los límites de la cordura y la locura y puede partirnos el vientre de una tajada, que no creo que deje indiferente a nadie.
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