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Corbata negra, ruido blanco

Feb 3, 2025 | 2 Comentarios

Corbata negra, ruido blanco

Siempre que me distraigo leyendo las listas de los mejores y peores discos de Bowie, me sorprende la escasa consideración que se le suele dar a Black tie, white noise. Un disco estupendo. Notable, desde luego. Sobresaliente en determinados momentos.  Una deliciosa escafandra que puso otra vez a Bowie en el camino de la experimentación. Lo que no significa que Black tie sea una obra vanguardista. En realidad, está a mitad de camino de varios frentes. Refleja bien la deriva electrónica de comienzos de los 90. Así que es un poquito (sólo un poquito) house y también cibernético. Pero, a la vez, es soul y un poquito funk. Soul, eso sí, blanco. Soul a lo Bowie. Soul plástico, disgregado y algo esquizoide. Y también technofunk y jazz espacial.

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Black tie es un disco para bailar y para pensar. Bowie no llegó tan lejos en sus surcos como lo hizo posteriormente con Outside. Pero comenzó a marcar el camino para una nueva época de experimentación. De hecho,  hay mucho de Black tie en Blackstar, su testamento. Mucho más de lo que se ha dicho o se ha querido ver. Casi nada por cierto porque Black tie es una obra muy minusvalorada.

Black tie fue, en cualquier caso, el disco con el que Bowie le dijo a su público que no había perdido reflejos. Sabía bien lo que estaba ocurriendo en el mundo de la música. No tardaría en trabar amistad con Trent Reznor (Nine inch Nails) y Brett Anderson (Suede). Demostrando que continuaba oteando hacia dónde giraba el mundo del pop y del rock.

Por aquel entonces, Bowie seguía fascinado por el arte, hacía exploraciones a pie por los más diversos lugares y no era difícil imaginarlo escuchando ambient y jazz futurista. Atento a escuchar las primeras grabaciones de Moby, Future sound of london y Underworld. Los primeros singles, maquetas.

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En realidad, Black tie, White noise sería, en cierto modo, una actualización de Station to Station a la década de los 90. No es exactamente eso. Ya lo sé. Pero en parte, sí. Black tie posee la atractiva gelidez de Station y también un poco de la disgregación esquizoide de Lodger.

Más tarde ya con la banda sonora de Budha of Suburbia  y, sobre todo,  con Outside, Bowie intentaría ahondar en los territorios de la locura y la destrucción. Los de Low y Heroes. Pero Black tie no es locura. Tampoco esquizofrenia. Black tie es una obra muy cerebral. Los bajos, el saxo, las bases rítmicas huelen a futurismo, a Metrópolis, a expresionismo europeo, son maquinales. Las guitarras crean atmósferas cálidas, inquietantes pero aún así confortables y, en general, el acabado invita más a la sugerencia que a la  enajenación. Uno de los temas centrales de la discografía de Bowie.

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Hay unos cuantos aspectos determinantes en Black tie. El primero es Iman. Bowie se acababa de casar con la modelo somalí y se encontraba renovado. Se percibía que estaba enamorado. Había encontrado a la mujer de su vida. Cualquier otro hubiera hecho unas cuantas odas románticas de esas que dan vergüenza ajena. Pero Bowie compuso dos temas mágicos, orientales, misteriosos, casi africanos, etíopes, mecidos por ritmos electrónicos que son una maravilla. Valen por el disco entero. Nos transportan al mundo de Las 1001 noches sin dejar de encontrarse en el presente.

En realidad, Black tie se encuentra marcado en su totalidad por la presencia de Iman. No sólo estos temas. Hay varios que hacen referencia a su nueva unión. Pero afortunadamente, siempre de manera sutil. Con sugerencias que contribuyen a convertir la presencia de la modelo en otro instrumento más del disco. Un espíritu silencioso que lo recorre de principio a fin.

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El segundo es Nile Rodgers. El productor es otro elemento esencial en Black tie. Puede que a su pesar. En realidad, la idea que tenía Nile era volver a poner a Bowie en el foco. No tanto creativo sino comercial. Quería, sí, grabar la segunda parte de Let’s dance. Ambos se volvieron a encontrar para grabar un tema («Real cool world») para un filme. Más tarde, grabaron otro («Lucy can’t dance») que podría haber encajado perfectamente en su intento de reeditar el espíritu de aquel disco tan ochentero. Pero la idea de Bowie era muy distinta. Quería experimentar. Ser libre. Así que desechó la aparición de ambas composiciones en su álbum. Demasiado simples y comerciales para lo que deseaba hacer. No obstante, Bowie tampoco quería perder el foco y el control. Así que necesitaba que Nile guiase la nave para no desbarrancar.

Se suele comentar que Let’s dance fue un disco de Nile. Bowie básicamente hizo lo que el productor le dijo. Pero que Black tie es un disco de Bowie. Nile hizo lo que Bowie le dijo. O más bien, lo interpretó. Porque Bowie a veces le indicaba lo que quería en metáforas, como si fuera un pintor y ambos estuvieran pintando un cuadro. No es, por tanto extraño, que para Nile la producción de este Lp fuera muy difícil. Tal vez la más compleja que nunca llevó a cabo. Lejos de su zona de confort su misión, en cualquier caso, fue mucho más importante de lo que parece. Si Black tie es arisco pero también dulce es gracias a Nile. Al trabajo que hizo para aterrizar las ideas de un Bowie que, lógicamente, no tardó en llamar de nuevo a Brian Eno a su lado. Porque necesitaba más, más locura, más complicidad.

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Ningún fan de Black tie desconoce este hecho. Los disturbios raciales acaecidos en 1992 en Los Angeles debido a la paliza policial recibida por Rodney King pillaron a Bowie y a Iman en la ciudad norteamericana. Ambos temieron ser asaltados en su hotel. Durante unos días no pudieron pasear. Pasaron un poco de miedo.

Fueron esos acontecimientos los que precipitaron la idea del disco. Y, concretamente, la grabación de un tema central del mismo. El que le da nombre. El delicioso «Black tie, white noise». La idea de Bowie era reflejar la tensión vivida durante aquellos días, el fantasma del totalitarismo y los conflictos entre razas. Algo que logra de manera sutil en el tema citado (también en su vídeo) y a lo largo de todo el disco.

Black tie es, de hecho, un combate entre la música blanca y la negra. Y también una conversación. «Black tie», la canción, es, en buena medida,  un góspel galáctico. Un cruce entre la tecnología y la música de iglesia africana. Y el disco en su conjunto una investigación de lo que pueden hacer los europeos con el blues, el jazz o el soul cuando expanden sus límites creativos y no utilizan estos géneros para negociar. No los comercializan.

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Otro nombre importante en el disco es Mick Ronson. El mítico guitarrista volvió a unirse circunstancialmente a Bowie antes de morir. Por aquel entonces estaba grabando un potente disco con Morrissey y de ahí se trajo un tema, «I know it’s gonna happen someday», que tenía reminiscencias a la era glam, a Ziggy, que Bowie se encargó de adaptar a su nuevo rumbo estilístico. Esa fue la despedida de ambos. Antes de partir, Ronson tenía que volver y lo hizo bien. Lo que ambos artistas se dijeran queda oculto. Allí para siempre en las sombras.

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Bowie, por cierto, volvió a tocar el saxo. Y eso eran palabras mayores. Según parece, era interpretando notas con este instrumento que le indicaba a Nile hacia dónde quería llevar cada composición. También hubo otro Bowie tocando el saxo en el disco. Me refiero, claro, a Lester. Lester Bowie El tema que lleva su nombre («Looking for Lester») además de ser un indisimulado homenaje a John Coltrane, es una deliciosa pirueta futurista a medio camino del acid-jazz y el technofunk que sintetiza a la perfección el espíritu de la obra.

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Black tie es un sombrero elegante. En realidad, es un disco futurista y moderno pero tiene algo de antiguo. Black tie es fascinante. Le falta tal vez la profundidad, el riesgo, la locura de otras épocas pero, aún así, es muy solvente. De hecho, hay una serie de temas (sobre todo, el mencionado «Looking for Lester» y «Pallas Athena») que podrían sonar en una rave o en un after y causar el descontrol. Provocar caos. Creo, de hecho, que lo hicieron. Que «Pallas» solía ser pinchado en algunos clubs sin que nadie supiera que era de Bowie y la gente se volvía loca. O puede que lo esté imaginando. ¿Qué más da?

Más allá de «Pallas», lo cierto es que en Black tie todo está muy controlado y finalmente, uno tiene la sensación de que hay algunas partes que están demasiado producidas. Pero en cualquier caso, esto es sólo una sensación leve, muy leve.

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Otro aspecto a destacar del disco son sus versiones. En Black tie hay unas cuantas. Cuatro. Para ciertos críticos demasiadas. No es mi caso. Porque Bowie logra hacerlas suyas.

Destacaría, en cualquier caso, dos. La del «I feel free» de Cream y la del «Nite flights» de Scott Walker.

La primera es una remodelación muy sutil de la original. Bowie lleva a otro terreno muy distinto el blues negroide de la banda inglesa. Convierte un tema de espíritu terrenal en una marcianada soul. Algo meritorio.

La segunda, sin embargo, es mucho menos creativa. Es un muy respetuoso acercamiento al tema de Walker. De hecho, casi no hay cambios en su versión. Fruto posiblemente de la profunda admiración de Bowie hacia Scott.

Según parece, cuando en los 70 escuchó el tema y el álbum en el que aparecía, Bowie quedó totalmente fascinado. Quiso colaborar inmediatamente con Walker pero el crooner, harto de los focos del pop, prefirió apartarse. Algo que no provocó en ningún caso el enfado de Bowie. Al contrario, aumentó su interés por un artista, Scott Walker, parecido a un fantasmagórico cruzado. Un caballero errante del pop.

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Mencioné al principio del avería que Black tie no es un disco, al contrario que tantos otros de Bowie, donde sean temas centrales la alienación, la disgregación del yo o la ruptura. Pero como es una obra tan equilibrada hay espacio también para estos asuntos. Sobre todo, en el primer single, «Jump They Say». Allí Bowie habló por primera vez de una experiencia traumática. El suicido de Terry Burns, su hermanastro. Un muchacho que padecía esquizofrenia con quien vivió alguna que otra experiencia terrible a la que aludía en su absorbente composición. Un tema lleno de energía y angustia, seducción y violencia que es posiblemente uno de los mejores que grabó Bowie en los 90. Una absorbente cabriola vanguardista cuyo saxo se mete en el cerebro del oyente y no sale nunca de allí.

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Nunca olvidaré cuándo supe por primera vez de Black tie. Acababa de llegar a Londres. Tenía 18 años. Allí, en la televisión de un hotel apareció de repente Bowie haciendo equilibrios en la azotea de un tejado. Era, claro, el vídeo de «Jump they say». Obviamente, me volví loco. Me emocioné completamente. ¡El más grande estaba de vuelta! Probablemente aquella mañana nació este avería. Shalam

الحرب هي فن تدمير الرجال، والسياسة هي فن خداعهم

La guerra es el arte de destruir a los hombres, la política el de engañarlos

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen…cuidado no te confundas me estoy repitiendo soy un señor…..
    2imagen….es de lunares(me la quito despues de caer)…..
    3imagen….miro a madame curie (llevando radio y plutonio en el bolsillo de la bata)…..
    4imagen….iman (sindicato independiente)…..mi respaldo es mi guitarra……
    5imagen….quiereme!……
    6imagen….paseo con el bebe el carricoche sale ardiendo cuando en la puerta del establecimiento hago una parada…(mauricio catelan)……
    7imagen….me olvide el rifle detras del cuello……
    8imagen….desayuno con diamantes(sigo con los lunares y las rayas gansterianas)….(a ives saint laurence le gustaba mucho)……
    9imagen….cuando el lodger se convierte en icono (ives klein salto al techo artista frances)……
    PD…. https://www.youtube.com/watch?v=6jV1bJUQAOU….
    How Yves Klein’s Iconic Leap Into Void Fooled The World……

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    • Alejandro Hermosilla

      1) Tengo dos ojos iguales y uno diferente. ¿Tú qué ves? 2) Estoy dirigiendo a la orquesta sinfónica de Viena. 3) Soy el conejo que aparece en Alicia en el país. 4) Se te ve lista para una revista de moda. Yo toco la música en el pase. 5) Nile, tío, lo hiciste bien. No te preocupes. 6) Vídeo perfecto para un tema de Public Enemy. También para otro de Arrested Development. 7) Anuncio de colonia Diego Boss. 8) No soy Fred Astaire. Soy un jazzista de Absolute beginners. 9) Película psicótica. Todo ocurre en la imaginación del enfermo. Nada es real PD: Sí. Mítica escena. Mítica fotografía. Bowie seguro que amaba a klein.

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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