Carne de perro
Poco a poco, a su ritmo, la segunda corrección de El jardinero avanza, y me siento satisfecho. Ahora estoy disfrutando mucho más que durante la...
De todas formas, Maggot brain no es únicamente este deslumbrante y arrollador riff de guitarra marciano que las malas lenguas dicen que Hazel compuso emocionado de un tirón cuando George Clinton le dijo que su madre había muerto -algo que era falso-. No es solamente este solitario e inolvidable quejido que enlaza las galácticas tropelías de Sun Ra con las excursiones ácidas de Jimi Hendrix, haciéndolas implosionar hacia el infinito. No. Maggot brain es, ante todo, un conglomerado de funk arrollador. Interestelar. Un disco que se mueve por todos los palos de la música negra de los 70 -soul, gospel, retazos de blues, jazz o psicodelia-, paladea los ritmos más disímiles y estrambóticos y se pierde en la danza. Sudando hasta desvanecerse. De hecho, a eso invita este disco. A morir bailando. Gozando. A recuperar el «groove». Agarrar el corazón del hombre primitivo, aquel que danzaba tanto cuando llovía como cuando hacía sol y traerlo al centro de una Norteamérica que se encontraba en proceso de ebullición. Un país en el que, tras las muertes de Martin Luther King y Malcom X, la minoría negra continuaba reivindicando su lugar por medio de geniales golpes de activismo político musical, imaginación y extravagancia.
Ciertamente, escuchar este disco hoy en día, a más de cuarenta años de su grabación, continúa siendo una experiencia. Un paseo por las raíces del ritmo en el que todo está en su sitio o genialmente fuera de lugar. Desde las voces de mujeres que parecen endemoniadas hasta los acordes de un bajo y una batería que parecen haber sido forjados con las ramas y tronco de los árboles más resistentes. De hecho, uno de los aspectos más curiosos de este disco es que pareciera que los músicos se encuentran cerca nuestra. Están interpretando estos temas en directo en el comedor o el garaje o se han introducido por una rendija en nuestro cuerpo y realizan un recital en la sangre que abre pulmones y cerebros concediendo sentido a nuestra vida. Exactamente, esta tribu de dementes interpretaba la música como si cada tema fuera una oportunidad de gozar en la cama, cada instrumento un cuerpo, cada espasmo vocal un gemido de placer y el disco en su conjunto, un mágico manual de prácticas sexuales místicas. Y concebía el arte como un torbellino de frenesí y pasión. Una actividad que miraba de costado al demonio realizada expresamente para una ceremonia de vudú.
No es extraño que Funkadelic reclamaran para su raza, el origen del rock. Porque si algo queda claro durante la escucha de esta creación trasnochada y sonámbula, casi irreal, es que la raíz de este género musical es africana. Acaso proceda de antiguos rituales donde los integrantes de las tribus festejaban la vida y los alimentos y los orificios de sus venas se ampliaban y alteraban al compás de los sonidos de la selva. Pues nos encontramos ante una batidora rítmica que, al contrario de lo que ocurría con el rock hecho por blancos (mucho más cerebral), recorre la espina dorsal y atraviesa el cuerpo entero.
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