La escritura feliz
Estoy disfrutando tanto trabajando en la novela corta que escribo actualmente, que desearía no terminarla jamás. Es cierto que a veces me encuentro...
En muchas ocasiones, me he preguntado qué estarían leyendo diversos escritores al redactar sus textos. Hace poco, conocí por ejemplo cuáles eran los discos que escucharon New Order mientras grababan Blue Monday y el proceso de elaboración de la canción quedó mucho más claro para mí. Pero no tengo apenas datos de los libros que leían Robert Louis Stevenson o Joseph Conrad cuando escribían La isla del tesoro o Lord Jim, que estoy seguro que nos proporcionarían información muy importante para entender cómo ambos escritores fueron forjando sus obras maestras. Realmente, aunque pueda parecer superfluo, creo que datos de este tipo, nos ayudan a entender la creación como un proceso, una cristalización de muchos y variados sedimentos y no tanto como un golpe aislado de genialidad irrepetible, y por ello, suelo conferirles cierta importancia. Pues además me ayudan a familiarizarme con los creadores y no considerarlos demasiado alejados de mí. Situándolos en una habitación contigua a aquella en la que sufro, gozo, y escribo habitualmente.
He de confesar que aunque he leído alguna biografía y varios ensayos sobre Dostoievsky, desconozco cuáles eran sus libros de cabecera mientras escribía Los hermanos Karamazov o Crimen y castigo. Falla que lamento mucho teniendo en cuenta que existen otros datos que ni siquiera los propios escritores podrían darnos aunque se propusieran ser lo más exhaustivos posibles. Me refiero por ejemplo, a la mirada de tristeza de una mujer, el color de una tarde de invierno que les impresionó sumamente o la sensación de placer o disgusto al tomar una café. En fin, todo el batiburrillo de impresiones y percepciones de la vida cotidiana.
Por cierto que hablando de Nabokov, comentar que me encuentro ahora mismo leyendo su Curso de literatura rusa, que recomiendo encarecidamente. Es un placer realmente consultar un sinfín de textos sobre sus obras favoritas de un escritor tan puntilloso. Aunque, por otro lado, me es difícil perdonarle su desprecio hacia Dostoievsky que yo pienso que tal vez encuentre su raíz en la envidia; en la frustración de saber que por más descripciones grandiosas e historias inolvidables compusiera, nunca sería capaz de alcanzar la profundidad con la que el creador de Los demonios vislumbró las dimensiones del alma humana. Lo que tampoco hace falta. Pues cada persona tiene su destino. Una misión diferente. Y no se trata de compararse con los demás sino de llegar hasta el último límite en nuestro cometido, o al menos aproximarnos a él.
En fin. Sin más dilación, dejo a continuación algunas de las obras que he consultado mientras escribía El jardinero.
También, en algún momento dado, he recurrido a varias composiciones de Llorenc Barber, José Manuel Berenguer y Francisco López. Y a las bandas sonoras de Prometheus (Marc Streitenfeld), El resplandor y La escalera de Jacob (Maurice Jarre).
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