Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Pablo estaba de vacaciones. Y, obviamente, al llegar al marcial recinto, se encontraba despreocupado. Contaba chistes en voz alta, rebobinaba su walkman buscando un tema u otro de sus grupos musicales favoritos, narraba anécdotas recientes a sus acompañantes y tal vez hasta saboreaba un caramelo o masticaba un chicle. Por lo que accedió al negro y oscuro recinto como si estuviera penetrando en un teatro o un museo de arte contemporáneo.
En fin. Cuando la visita concluyó, Pablo tuvo aún tiempo de gastar una broma. De citar a célebres cómicos españoles y reír un poco más a mucha honra del salero castizo. No obstante, minutos después, mientras se relajaba tranquilo en un banco, un inesperado temblor comenzó a recorrer su cuerpo. Una angustia absoluta, eterna, procedente del más allá, lo atenazó e, inmediatamente, se levantó y caminó cerca de un árbol con ganas de vomitar y lágrimas agolpándose en los ojos al comenzar a tomar conciencia (justo, justo en ese mismo momento y no antes) de la horrenda faz del lugar que acababa de visitar; del terror que experimentaron en Buchenwald cientos de personas hacinados como cerdos y usados como cobayas de un infame experimento nihilista a mayor honra de las fuerzas del caos y el mal. Comprendiendo instantáneamente que la pesadilla sufrida por miles de familias con sus trabajos y esperanzas, sus panaderías y sus estudios, había sido absolutamente real. Real y trágica, como dejaba entrever perfectamente la siniestra silueta de ese edificio neutro con aspecto de hospital lleno de frías salas donde se habían cometido crímenes sexuales que dejaban a una novela del Marqués de Sade al nivel de los relatos infantiles y se habían llevado a cabo lacerantes torturas que convertían casi en deseables los tormentos sufridos por los condenados por lujuria y la rapiña en los círculos infernales dantescos.
Si he recordado tanto aquella narración estos días, es porque he sentido algo parecido en las tres ocasiones que he salido a realizar compras al supermercado durante este confinamiento. Seré sincero. Debido a que mis actividades favoritas son la lectura y la escritura, estoy disfrutando realmente del encierro. Muchas mañanas me he despertado entusiasmado y de buen humor ante la perspectiva de poder dedicarme durante horas a mis pasiones. Y no pocas veces he deseado que este estado pudiera extenderse por unos cuantos meses más. Querencia absurda e injusta porque, en cuanto me he visto obligado a abandonar momentáneamente la placenta artística en la que vivo y, una vez pasado el placer de volver a caminar, ha aparecido ante mí la borrosa realidad: calles desiertas, miradas desoladas, hombres vagando perdidos con mascarillas en el rostro, cajeras cubiertas por visores de plástico inhumanos, sonrisas heladas, mujeres solitarias que miran preocupadas a todas partes y no encuentran consuelo más que en la compra, conversaciones donde lo que predomina es la incertidumbre y un ambiente apocalíptico que huele a guerra nuclear y pone de manifiesto algo que, de algún modo, estamos intentando ocultar entre libros, series, revisiones de partidos y risas: que estamos viviendo una tragedia infame. Cientos de personas han muerto (algunas como ratas) en total soledad sin poder abrazar a sus seres queridos sobre frías camas de hospital situadas en pabellones deportivos. Y por si fuera poco, centenares de miles más van a perder su trabajo, sufrir graves problemas económicos y, en algún caso, se van a ver abocados a la pobreza total o al suicidio.
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