El libro negro y maldito
La mayoría de escritores -incluso los más grandes- tienen al menos un libro maldito en su trayectoria. Parece, de hecho, un requisito para lograr el...
Pablo estaba de vacaciones. Y, obviamente, al llegar al marcial recinto, se encontraba despreocupado. Contaba chistes en voz alta, rebobinaba su walkman buscando un tema u otro de sus grupos musicales favoritos, narraba anécdotas recientes a sus acompañantes y tal vez hasta saboreaba un caramelo o masticaba un chicle. Por lo que accedió al negro y oscuro recinto como si estuviera penetrando en un teatro o un museo de arte contemporáneo.
En fin. Cuando la visita concluyó, Pablo tuvo aún tiempo de gastar una broma. De citar a célebres cómicos españoles y reír un poco más a mucha honra del salero castizo. No obstante, minutos después, mientras se relajaba tranquilo en un banco, un inesperado temblor comenzó a recorrer su cuerpo. Una angustia absoluta, eterna, procedente del más allá, lo atenazó e, inmediatamente, se levantó y caminó cerca de un árbol con ganas de vomitar y lágrimas agolpándose en los ojos al comenzar a tomar conciencia (justo, justo en ese mismo momento y no antes) de la horrenda faz del lugar que acababa de visitar; del terror que experimentaron en Buchenwald cientos de personas hacinados como cerdos y usados como cobayas de un infame experimento nihilista a mayor honra de las fuerzas del caos y el mal. Comprendiendo instantáneamente que la pesadilla sufrida por miles de familias con sus trabajos y esperanzas, sus panaderías y sus estudios, había sido absolutamente real. Real y trágica, como dejaba entrever perfectamente la siniestra silueta de ese edificio neutro con aspecto de hospital lleno de frías salas donde se habían cometido crímenes sexuales que dejaban a una novela del Marqués de Sade al nivel de los relatos infantiles y se habían llevado a cabo lacerantes torturas que convertían casi en deseables los tormentos sufridos por los condenados por lujuria y la rapiña en los círculos infernales dantescos.
Si he recordado tanto aquella narración estos días, es porque he sentido algo parecido en las tres ocasiones que he salido a realizar compras al supermercado durante este confinamiento. Seré sincero. Debido a que mis actividades favoritas son la lectura y la escritura, estoy disfrutando realmente del encierro. Muchas mañanas me he despertado entusiasmado y de buen humor ante la perspectiva de poder dedicarme durante horas a mis pasiones. Y no pocas veces he deseado que este estado pudiera extenderse por unos cuantos meses más. Querencia absurda e injusta porque, en cuanto me he visto obligado a abandonar momentáneamente la placenta artística en la que vivo y, una vez pasado el placer de volver a caminar, ha aparecido ante mí la borrosa realidad: calles desiertas, miradas desoladas, hombres vagando perdidos con mascarillas en el rostro, cajeras cubiertas por visores de plástico inhumanos, sonrisas heladas, mujeres solitarias que miran preocupadas a todas partes y no encuentran consuelo más que en la compra, conversaciones donde lo que predomina es la incertidumbre y un ambiente apocalíptico que huele a guerra nuclear y pone de manifiesto algo que, de algún modo, estamos intentando ocultar entre libros, series, revisiones de partidos y risas: que estamos viviendo una tragedia infame. Cientos de personas han muerto (algunas como ratas) en total soledad sin poder abrazar a sus seres queridos sobre frías camas de hospital situadas en pabellones deportivos. Y por si fuera poco, centenares de miles más van a perder su trabajo, sufrir graves problemas económicos y, en algún caso, se van a ver abocados a la pobreza total o al suicidio.
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