Vino, arlequines y poetas
Cada vez que escucho cualquiera de los primeros cuatro discos de Marillion, siento deseos de tomar una copa de vino, caminar por las calles borracho...
Alfonso fue un incomprendido. Un hombre muy adelantado a su tiempo que, de haber nacido en otro país, tal vez sería considerado una leyenda. Y sin embargo, hoy yace casi en el olvido. Pocos conocen su legado y lo valoran en su justa medida. Ciertamente, le tocaron años duros para su forma de concebir el arte. Apostó por el lounge y la bossa-nova en plena dictadura y se dio a conocer masivamente gracias a la sintonía de famosos programas televisivos en un tiempo plagado de cantautores en el que lo menos que se le exigía a los músicos era cierto compromiso político. Algo ajeno a un hombre que mezclaba la copla con Burt Bacharach y la canción tradicional española con la música brasileña con una facilidad y sencillez exultantes y siempre aparecía en las fotos sonriente y con ganas de divertirse, apretar un poco más el acelerador, tomar otra copa de vino o realizar una nueva colaboración musical por puro placer estético. Características que fueron entendidas como marca de frivolidad cuando tan sólo apuntaban a un cierto modo de entender la vida arrebatador y sensible. Una llama de pasión en la que primaba más el atrevimiento que el recato. La bohemia que la soledad y la meditación.
Lo cierto es que Alfonso era capaz de convertir cada canción en una novela. La mayoría de las melodías que compuso podrían ilustrar imágenes de decenas películas porque tenían una enorme potencia narrativa. Por lo que, a pesar del tono vitalista que poseían, también podían ser utilizadas en diversos contextos. Servían por ejemplo para acompañar el paso de niña a mujer de una adolescente, las correrías de un dandy por Madrid, el ambiente de las playas españolas, el discurrir cotidiano de un centro comercial o incluso uno de esos decadentes asesinatos en chalets tan típicos del Giallo.
En realidad, Alfonso Santisteban se encontraba un paso más allá de la realidad. Era nuestro ron Brugal. Un cubata andante. Un cronopio que, en vez de sumergirse en el bop, lo hizo en la música orquestal. Era alguien que en Norteamérica sería un icono estudiado en ciertos ámbitos universitarios y sin embargo, en España -de no ser principalmente por Subterfuge– sería considerado un músico cursi. Un perro callejero del pop sin mayor trascendencia. Cuando en realidad, es uno de nuestros mayores iconos y su música es un emblema de lo mejor y lo peor de nuestro país. De hecho, fue un músico casi quijotesco que transformó géneros tradicionalmente acomodaticios y encorsetados en una amalgama de furia, nostalgia y pasión emblemáticas, convirtió los cuartos de estar en soleadas discotecas y la vida cotidiana en un hermoso concierto de sensaciones. Una banda sonora interminable que combinaba vitalidad y melancolía, desprendimiento y emocionalidad absoluta con talento de mago. Shalam
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